Ormuz: Por qué los mercados están ignorando la crisis del petróleo.
- El mercado está asimilando mejor de lo esperado el shock del estrecho de Ormuz.
- El riesgo principal podría estar girando desde una subida adicional del petróleo hacia una posible caída brusca del crudo.
- Las bolsas siguen apoyadas en beneficios empresariales sólidos, aunque las valoraciones dejan poco margen de error.
El cierre efectivo del estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los grandes focos geopolíticos y energéticos del mercado, pero la reacción de los activos financieros está siendo mucho más contenida de lo que habrían sugerido episodios históricos como 1973, 1979 o 1990. Según Lance Roberts, la clave está en que el mercado no está ignorando el problema, sino descontando que el shock de oferta ha sido parcialmente absorbido por varios mecanismos de ajuste.
La tesis central es que el titular de “el 20% del petróleo mundial bloqueado” resulta demasiado simplista. Aunque la interrupción es muy relevante, el impacto real se ha visto amortiguado por el desvío de flujos, el uso de reservas estratégicas, los inventarios acumulados por China y la mayor independencia energética de Estados Unidos.
Por qué el shock fue menos destructivo de lo esperado
El primer factor ha sido la capacidad de algunos productores de Oriente Medio para redirigir parte del crudo por rutas alternativas. Roberts señala que entre 5 y 6 millones de barriles diarios pueden circular a través de oleoductos de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos hacia el mar Rojo y el golfo de Omán. Esto no elimina el problema, pero reduce de forma significativa el impacto de la interrupción.
Además, Irán habría permitido el tránsito de determinados petroleros con bandera de países como China, Rusia, India, Irak y Pakistán. En la práctica, el cierre de Ormuz ha funcionado más como un mecanismo de racionamiento que como un bloqueo total.
El segundo elemento ha sido la liberación coordinada de reservas estratégicas. La Agencia Internacional de la Energía habría impulsado una retirada de 400 millones de barriles, la mayor de su historia, mientras Estados Unidos estaría liberando alrededor de 1,4 millones de barriles diarios desde su reserva estratégica.
Las reservas estratégicas no resuelven una crisis energética permanente, pero sí compran tiempo. Y en este caso, comprar tiempo ha sido suficiente para evitar el escenario más extremo.
China y Estados Unidos cambian la lectura de la crisis
China entró en la crisis con inventarios muy elevados. Según el análisis citado por Roberts, el país contaba con cerca de 1.000 millones de barriles en reservas comerciales y otros 360 millones en reservas estatales. Esto le daba varios meses de margen para absorber una interrupción parcial de suministros.
El caso estadounidense también es muy distinto al de los años setenta. La producción doméstica de crudo supera los 13 millones de barriles diarios, lo que convierte a Estados Unidos en un actor mucho más protegido frente a shocks externos. Además, menos del 10% de su suministro de crudo pasa por el estrecho de Ormuz.
Esta transformación estructural explica por qué el mercado no ha reaccionado con el mismo pánico que en crisis energéticas anteriores. Estados Unidos ya no es solo una víctima marginal del shock, sino también un proveedor relevante en el sistema energético global.
El verdadero riesgo puede estar ahora en una caída del petróleo
Roberts plantea una idea contraria al consenso más alarmista: si la tesis de una subida explosiva del petróleo fue exagerada, ahora el riesgo podría estar en sentido contrario. Cuando Ormuz reabra plenamente, podrían coincidir tres fuerzas bajistas para el crudo.
- Reactivación de producción en el Golfo, con millones de barriles diarios que volverían al mercado.
- Salida de cargamentos almacenados en petroleros regionales.
- Producción elevada de shale estadounidense, incentivada por precios cercanos a los 95 dólares.
Ese conjunto puede derivar en un escenario clásico de exceso de oferta. La reconstrucción de reservas estratégicas actuará como soporte, pero probablemente será un proceso gradual, repartido durante varios trimestres. En cambio, el retorno de la oferta puede producirse en cuestión de semanas.
El riesgo energético ha cambiado de dirección: ya no se trata solo de cuánto puede subir el petróleo, sino de cuánto puede caer si la oferta vuelve antes de que la demanda se recupere.
En ese escenario, Roberts considera razonable que el Brent retroceda hacia la zona baja de los 70 dólares en los 90 días posteriores a un alto el fuego duradero. Incluso contempla la posibilidad de una sobrerreacción hacia los 60 dólares si la destrucción de demanda provocada por la gasolina cara se mantiene durante más tiempo del previsto.
La bolsa ya mira más a beneficios que a Ormuz
La segunda parte de la tesis es que las bolsas ya han metabolizado el shock energético y han vuelto a centrarse en los resultados empresariales. Y ahí, por ahora, los datos respaldan a los alcistas.
Según Roberts, una proporción muy elevada de compañías del S&P 500 que ya han presentado resultados del primer trimestre ha superado las estimaciones de beneficios. Además, las revisiones de beneficios para 2026 y 2027 siguen mejorando, mientras algunos analistas elevan sus previsiones de beneficio por acción para el conjunto del mercado.
La idea es clara: el mercado no sube únicamente por esperanza, sino porque las empresas están entregando cifras mejores de lo esperado. En el largo plazo, las bolsas siguen a los beneficios, y esa es la base que sostiene el actual tono constructivo.
El problema está en la valoración
El matiz importante es que las valoraciones ya son exigentes. El PER estimado a doce meses del S&P 500 se sitúa en torno a 20,9 veces, por encima de sus medias de cinco y diez años. Con múltiplos así, una buena publicación de resultados puede generar una reacción limitada, mientras que una rebaja de previsiones puede ser castigada con fuerza.
Roberts advierte además de que las revisiones positivas no están siendo plenamente generalizadas. Una parte relevante de la mejora se concentra en unos pocos valores, mientras la compañía mediana del índice no muestra una revisión tan clara. Esto vuelve a plantear el problema de un mercado apoyado en pocos ganadores.
El verdadero examen no son solo los resultados del primer trimestre, sino las guías para el segundo trimestre. Si las compañías de consumo, viajes o sectores discrecionales empiezan a recortar previsiones por el impacto de la gasolina cara sobre los hogares, las estimaciones de beneficios podrían empezar a girar a la baja.
Cómo posicionarse ante este escenario
La conclusión de Roberts no es bajista de forma agresiva, pero sí prudente. En su opinión, el petróleo ya no ofrece una ecuación atractiva para perseguir la subida desde niveles cercanos a los 96 dólares. El crudo está cotizando geopolítica más que fundamentales, y el binomio rentabilidad-riesgo empieza a estar desequilibrado.
- No perseguir el rally del petróleo: si se mantienen posiciones en productoras energéticas muy revalorizadas, conviene recoger parte de los beneficios.
- Preferir infraestructura energética: midstream y exportadores de gas natural licuado ofrecen flujos más estables y menor exposición directa al precio del crudo.
- No sobrepagar renta variable: con el S&P 500 en múltiplos exigentes, tiene más sentido reducir excesos que aumentar posiciones tras fuertes subidas.
- Mantener duración en bonos: si el petróleo cae y la demanda se enfría, la Reserva Federal tendría más margen para relajar su política.
- Conservar liquidez: en un entorno donde acciones, petróleo y crédito descuentan una salida ordenada del conflicto, el efectivo vuelve a ser una herramienta defensiva valiosa.
El mercado no se equivoca necesariamente al mantener la calma. Pero esa calma no elimina los riesgos: simplemente indica que han cambiado de lugar.
La lectura final es que el mercado ha dejado de temer un shock energético incontrolable y ha vuelto a centrarse en beneficios empresariales. Esa transición explica la resistencia de las bolsas. Pero también deja dos riesgos abiertos: una caída brusca del petróleo si se normaliza la oferta y una bolsa vulnerable si las valoraciones dejan de estar respaldadas por revisiones positivas de beneficios.
En definitiva, Ormuz ya no es solo una historia de petróleo caro. Es una historia de reasignación de riesgos: del shock geopolítico al riesgo de exceso de oferta, y de la inflación energética al múltiplo de la renta variable.