Oriente Medio revive los fantasmas de 2022, pero sin una crisis energética estructural por ahora
Puntos clave
- Ostrum AM cree que el conflicto de Oriente Medio recuerda a 2022, pero no constituye por ahora una crisis estructural de suministro.
- Europa vuelve a ser la región más vulnerable, especialmente por su exposición al gas y por unos niveles de almacenamiento relativamente bajos.
- El principal riesgo sería un bloqueo prolongado del estrecho de Ormuz, capaz de mantener el Brent cerca de los 100 dólares y tensionar de nuevo los mercados.
La crisis de Oriente Medio está reactivando viejos fantasmas en los mercados, pero no exactamente en las mismas condiciones que en 2022. Esa es la idea central que plantea Zouhoure Bousbih, estratega de mercados emergentes en Ostrum AM, firma afiliada a Natixis IM. La analista reconoce similitudes evidentes con la crisis energética desatada tras el inicio de la guerra de Ucrania, aunque introduce un matiz decisivo: en esta ocasión no estamos, al menos por ahora, ante una interrupción estructural del suministro, sino ante el riesgo de que esa interrupción llegue a materializarse.
Una amenaza parecida, pero no igual a la de 2022
Bousbih recuerda que en 2022 la economía mundial, y especialmente Europa, sufrió una verdadera crisis energética estructural por el corte prolongado del gas ruso. Aquello obligó a gobiernos, empresas e inversores a revisar de golpe sus prioridades, muchas veces dejando en segundo plano la rentabilidad inmediata. Ahora el paralelismo existe, pero la naturaleza del shock es distinta: el mercado no está reaccionando a un colapso ya consumado del suministro, sino a la posibilidad de que un agravamiento geopolítico termine provocándolo.
La diferencia clave es esta: en 2022 la crisis energética era un hecho; en 2026, de momento, es un riesgo que el mercado empieza a descontar.
Europa sigue siendo el eslabón más débil
La estratega insiste en que Europa vuelve a aparecer como la zona más expuesta. Aunque la dependencia del gas natural licuado de Qatar ha disminuido de forma significativa en los últimos años, el abastecimiento europeo se ha fragmentado aún más. Italia sigue importando el 35% de sus necesidades de GNL desde Qatar, lo que la sitúa como uno de los países más sensibles a una rápida subida de precios. Bélgica y Polonia también presentan una vulnerabilidad relevante, con el 17% y el 25% de sus importaciones de GNL, respectivamente, todavía ligadas a Qatar. A esto se suma otro elemento incómodo: los almacenamientos de gas de la UE estaban llenos solo en un 43% a finales de enero, claramente por debajo de la media histórica reciente.
El verdadero disparador sería Ormuz
Para Bousbih, la gran diferencia frente a 2022 es que la situación actual depende de un escenario extremo: un bloqueo prolongado del estrecho de Ormuz. Solo un evento de esa magnitud justificaría un petróleo Brent estabilizado en torno a los 100 dólares y una nueva crisis energética de mayor entidad. Mientras eso no ocurra, el impacto sigue siendo potencial y no plenamente estructural. Aun así, el mercado ya está reaccionando como si estuviera detectando fragilidades previas que podrían verse amplificadas rápidamente.
Reflexión Capital Bolsa
Nosotros creemos que este análisis acierta en un punto esencial: el problema no es que estemos ya en una réplica exacta de 2022, sino que el conflicto está funcionando como un acelerador de debilidades preexistentes. El regreso del dólar como refugio único, la fragilidad de ciertos segmentos tecnológicos y la vulnerabilidad del crédito privado encajan con esa lectura.
Eso significa que el mercado no solo está mirando el petróleo o el gas, sino la posibilidad de que una tensión geopolítica prolongada destape desequilibrios financieros que ya estaban ahí. En otras palabras, el riesgo energético importa, pero el verdadero problema puede acabar siendo la reacción en cadena sobre activos que venían demasiado complacientes.