¿Quién se quedará con la riqueza de la IA? Artus alerta de que podría concentrarse en pocas tecnológicas
El economista Patrick Artus (Ossiam) analiza en este informe el impacto potencial de la inteligencia artificial sobre la economía y concluye que, a día de hoy, el rango de resultados posibles es extremadamente amplio: desde un efecto relativamente moderado hasta un salto muy significativo en productividad y crecimiento. La clave está en tres focos de incertidumbre: qué parte de la economía se verá realmente afectada, cómo interactuará la IA con el empleo y quién capturará los beneficios económicos.
1. ¿Qué parte de la economía transformará la IA?
Patrick Artus destaca que las estimaciones sobre el alcance real de la IA son muy dispares. Algunos autores hablan de un impacto limitado, afectando a alrededor de un 5% de las tareas, mientras otros estiman que podría incidir en más del 40% de las actividades económicas, con un efecto fuerte sobre una parte relevante de ellas. De ahí que el potencial aumento de productividad a diez años vista se sitúe en un abanico muy amplio, desde incrementos modestos hasta mejoras de doble dígito sobre el PIB.
El mensaje de Artus es que todavía no existe consenso creíble sobre el tamaño del shock: los modelos macroeconómicos son extremadamente sensibles a los supuestos de partida sobre cuántos sectores, tareas y procesos serán realmente rediseñados alrededor de la IA en la próxima década.
2. IA: ¿complemento o sustituto del empleo?
El segundo eje que enfatiza Patrick Artus es la relación entre IA y empleo. Si la IA actúa como complemento, la productividad de los trabajadores aumenta, los empleos se enriquecen y el impacto agregado sobre el crecimiento puede ser claramente positivo. Sin embargo, si la IA funciona como un sustituto de empleo cualificado, parte de la fuerza laboral podría desplazarse hacia sectores menos productivos, provocando que la productividad global se resienta, incluso aunque las empresas que adopten IA mejoren sus propios márgenes.
Para Patrick Artus, este punto es crítico: una misma tecnología puede generar, en función del patrón de sustitución o complementariedad con el empleo, resultados diametralmente opuestos sobre la productividad agregada. La experiencia con Internet y la robotización muestra que es perfectamente posible combinar avances tecnológicos muy visibles con una desaceleración en las ganancias de productividad a nivel de país.
El informe recuerda episodios recientes en los que la adopción de nuevas tecnologías ha creado muchos puestos de trabajo de menor valor añadido (por ejemplo, en logística o servicios de baja cualificación), lo que ha terminado moderando las ganancias generales de productividad pese a los avances en sectores punteros.
3. ¿Quién capturará realmente los beneficios de la IA?
El tercer elemento que subraya Patrick Artus es la estructura competitiva del mercado de IA. Si el entorno acaba siendo relativamente competitivo, buena parte de las ganancias de productividad se trasladará a los usuarios: empresas, sectores e incluso consumidores finales, vía precios más bajos y mejores servicios. En ese caso, la IA podría traducirse en un aumento visible del crecimiento potencial.
En cambio, si el sector de IA se consolida como un oligopolio —con unos pocos actores dominando modelos, infraestructura y chips—, la mayor parte de las rentas podrían quedar concentradas en unos pocos productores, con menos tracción sobre el resto de la economía. Las elevadas valoraciones de algunas grandes tecnológicas sugieren precisamente que el mercado está descontando la posibilidad de rentas de cuasi-monopolio ligadas a la IA.
Conclusiones de Patrick Artus
En sus conclusiones, Patrick Artus insiste en que hoy es imposible fijar un escenario central robusto sobre el impacto macroeconómico de la IA. El resultado dependerá de la combinación de tres factores: el alcance real de las tareas y sectores transformados, el papel de la IA frente al empleo (sustituto o complemento) y la estructura de mercado que determine quién captura el grueso de los beneficios.
El mejor escenario sería aquel en el que la IA afecte a una parte importante de la economía, complemente el trabajo humano y se desarrolle en un entorno competitivo que obligue a compartir los beneficios con usuarios y consumidores. El peor escenario, por el contrario, combinaría un alcance limitado, sustitución masiva de empleo y un mercado muy concentrado en pocos proveedores, con beneficios acotados para el resto del tejido productivo.
En resumen, el informe de Patrick Artus invita a la prudencia: el potencial de la IA es enorme, pero la trayectoria final dependerá tanto de las decisiones tecnológicas como de las políticas de competencia, regulación del mercado laboral y distribución de beneficios que se adopten en los próximos años.