Una “policrisis” global se perfila en el horizonte: el eje China—Taiwán—IA como detonante
Según una investigación del analista Jules Rimmer, publicada en MarketWatch, el mundo se encamina hacia una “policrisis” —una convergencia simultánea de tensiones geopolíticas, tecnológicas y económicas— que podría alcanzar su punto máximo en torno a 2027.
La advertencia procede del grupo de inteligencia estratégica londinense Sibylline, que sitúa en el centro de esa tormenta el control de Taiwán y, con él, el dominio sobre la producción de semiconductores de TSMC, piedra angular de la industria mundial de chips avanzados.
El informe, dirigido a gobiernos, corporaciones e inversores institucionales, sostiene que el desenlace de la disputa comercial entre Estados Unidos y China dependerá de quién lidere la carrera por la inteligencia artificial (IA). En palabras simples: quien domine la tecnología que permita alcanzar la superinteligencia artificial (ASI) tendrá ventaja geopolítica, militar y económica en el siglo XXI.
Taiwan y la batalla por los chips
TSMC fabrica cerca del 90 % de los semiconductores más avanzados del planeta, abasteciendo a compañías como Nvidia, Apple o Microsoft. Su control otorga una capacidad estratégica que trasciende la economía. Según el informe, sin los chips de TSMC, ni China ni Estados Unidos podrían ganar la carrera por la IA, lo que convierte a la isla en el epicentro del pulso tecnológico global.
Sibylline anticipa que Pekín podría intentar imponer un bloqueo o cuarentena de Taiwán antes de 2027, con el objetivo de restringir el acceso estadounidense a chips de alto rendimiento y asegurar su propia supremacía tecnológica. Washington, por su parte, considera ese mismo periodo como una “ventana crítica” de riesgo, y su mando Indo-Pacífico ya prepara escenarios de conflicto.
El estudio subraya que esta tensión se agrava por otras posibles crisis simultáneas: un conflicto inducido por Rusia dentro de territorio de la OTAN, un cierre iraní del Estrecho de Ormuz, una agresión norcoreana o una fractura política en Estados Unidos y Europa que limite la capacidad de respuesta coordinada. Todo ello formaría parte de una “policrisis” global interconectada.
La urgencia tecnológica
Entre 2025 y 2027, la inversión estadounidense en infraestructura de inteligencia artificial podría superar el billón de dólares, según los cálculos de Sibylline. China, mientras tanto, acelera su propio plan de la Cuarta Revolución Industrial, donde la IA es considerada “la tecnología núcleo”.
Los autores del informe —Sam Olsen, Derek Leatherdale y Justin Crump— apuntan que el desarrollo de la superinteligencia artificial podría emerger tan pronto como 2028, lo que elevaría la presión de ambas potencias para dominar los recursos de cómputo y asegurar el suministro de chips de última generación. IBM y The Economist coinciden en que esa tecnología tendría capacidades cognitivas superiores a las humanas, capaces de diseñar reactores, robots o armas con una eficiencia sin precedentes.
Una crisis que va más allá de la tecnología
La llamada “policrisis” no sería, por tanto, un simple enfrentamiento tecnológico. Es la cristalización de fuerzas políticas, militares y económicas que se retroalimentan en un contexto de creciente nacionalismo, tensiones comerciales y dependencia tecnológica extrema.
En términos de impacto financiero, el escenario proyectado afectaría directamente a los mercados de capitales y a las valoraciones de las grandes tecnológicas. La pérdida de acceso libre a los chips taiwaneses encarecería la producción global de IA y podría frenar el crecimiento de los sectores más expuestos, reduciendo la exuberancia de las valoraciones actuales.
Conclusión
La advertencia de Sibylline y el análisis recogido por Jules Rimmer llegan en un momento en que el optimismo de los mercados contrasta con una realidad geopolítica cada vez más inestable. Si la previsión de una “policrisis” se materializa, el epicentro no será únicamente militar o político, sino tecnológico: la lucha por el control de la inteligencia artificial y de los chips que la hacen posible.
Nos acercamos, en definitiva, a un punto de inflexión histórico en el que el liderazgo económico mundial podría decidirse no en los despachos de la diplomacia, sino en los laboratorios de semiconductores y los centros de datos de la próxima generación.