La 'doctrina Trump' exige que el mundo comparta las riquezas con EE.UU.

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Capitalbolsa | 06 ene, 2026 09:33 - Actualizado: 13:36
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Puntos clave
  • La llamada “doctrina Trump” convierte el poder geopolítico de EE. UU. en un activo económico negociable.
  • El petróleo venezolano se presenta como una ficha de intercambio estratégica, no solo energética.
  • Energía, dólar y fuerza militar forman el nuevo triángulo de presión de la política exterior estadounidense.

La captura de Nicolás Maduro y el acceso potencial al petróleo venezolano no son un hecho aislado, sino una pieza más de una visión de política exterior que lleva décadas gestándose. Según expone Charlie Garcia en su columna de opinión publicada en MarketWatch, la llamada “doctrina Trump” parte de una idea muy simple: si Estados Unidos sigue siendo la potencia dominante, esa dominación debe monetizarse.

Garcia recuerda que ya en 1987, cuando Trump era un empresario sin carrera política, publicó anuncios a página completa exigiendo que países aliados pagaran por la protección estadounidense. Aquella provocación fue ignorada entonces, pero casi cuarenta años después se ha transformado en política oficial: poder a cambio de precio, influencia a cambio de concesiones.

Concepto central: no es aislacionismo. Es hegemonía transaccional. Estados Unidos actúa, pero siempre con factura.

Energía, dólar y fuerza: las cartas sobre la mesa

La diferencia entre el Trump de 1987 y el de 2026 es el apalancamiento real. Hoy, Estados Unidos es el mayor productor de petróleo del mundo, por delante de Arabia Saudí y Rusia. Produce más crudo del que necesita y puede decidir cuándo, cómo y con quién negocia. En ese contexto, Venezuela deja de ser un problema geopolítico y pasa a ser un activo estratégico.

A esto se suma la fortaleza del dólar, ahora extendida también al ámbito digital. Como explica Garcia, la expansión de las stablecoins respaldadas por deuda estadounidense implica que millones de transacciones globales acaban financiando indirectamente al Tesoro de EE. UU. Es hegemonía financiera privatizada.

Del discurso a los hechos

En apenas once meses del segundo mandato de Trump, los resultados empiezan a ser visibles: Europa se rearma, Alemania rompe tabúes fiscales para aumentar el gasto en defensa, Arabia Saudí promete inversiones masivas en EE. UU. y Japón firma contratos energéticos de largo plazo con proveedores estadounidenses. Para Garcia, no es casualidad: el “o pagas o pierdes protección” funciona mejor que décadas de diplomacia blanda.

Ejemplo contundente: Alemania modificó su Constitución para permitir un gasto militar sin límites. Algo impensable hace solo unos años.

Venezuela: mucho más que petróleo

Venezuela no solo alberga las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. También concentra enormes recursos de gas natural y tierras raras, claves para la industria militar y tecnológica. En un momento en el que China controla gran parte del procesamiento mundial de estos materiales, el control indirecto de estos recursos adquiere una dimensión estratégica.

Según la visión de Garcia, las grandes beneficiadas serían las petroleras y empresas de servicios energéticos estadounidenses, así como refinerías diseñadas específicamente para procesar crudo pesado venezolano. A esto se suman constructoras, ingenierías y bancos con fuerte presencia en Latinoamérica, que financiarían y ejecutarían la reconstrucción.

La gran incógnita: ¿durará sin Trump?

La columna plantea una duda clave: ¿puede una doctrina basada en la personalidad y credibilidad de un solo líder sobrevivir a su salida del poder? A diferencia de doctrinas anteriores, institucionalizadas durante décadas, la de Trump depende de su capacidad para presionar, negociar y cumplir amenazas.

Para Garcia, el balance provisional es contundente, pero incompleto. La doctrina ha generado resultados rápidos, pero el riesgo es que acuerdos construidos bajo presión se deshagan cuando la presión desaparezca. La pregunta no es si funciona hoy, sino si seguirá funcionando mañana.

Reflexión final: la “doctrina Trump” no busca agradar ni convencer, sino cobrar. Nadie se ríe ya de aquella idea de 1987. Lo que queda por ver es si el modelo es sostenible cuando cambie el cobrador.

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