El dinero huye del software y encuentra refugio en los “HALO”
- La IA ha disparado el miedo a la disrupción y ha castigado con fuerza al software.
- Gana peso la tesis HALO: negocios con activos pesados y baja obsolescencia.
- En sectores de márgenes bajos, pequeñas mejoras por IA pueden multiplicar el beneficio.
La inteligencia artificial ha provocado un terremoto en bolsa. En pocas semanas, muchas compañías de software han sufrido caídas del 30% al 50%, reflejando el temor del mercado a que la IA altere de forma radical buena parte del sector tecnológico. El problema es que resulta muy difícil anticipar qué empresas digitales saldrán reforzadas y cuáles quedarán desplazadas. Cuando la materia prima es el “cerebro” y la IA compite precisamente en inteligencia, la frontera es difusa.
En este contexto, el dinero está rotando hacia sectores que parecen menos expuestos a una disrupción directa. Compound Advisors ha acuñado el término HALO (Heavy Assets, Low Obsolescence): compañías con activos intensivos y baja probabilidad de quedar obsoletas.
Aquí encajan nombres como Phillips 66, Corning, Applied Materials, Vulcan Materials, Delta Air Lines, Caterpillar, Ventas o Hershey. A primera vista pertenecen a sectores muy distintos, pero comparten algo clave: grandes bases de activos físicos y modelos difíciles de replicar o sustituir. No es sencillo reemplazar una red de oleoductos, una flota aérea, una mina o una infraestructura industrial.
La intensidad del capital, ¿un nuevo atractivo?
Durante años el mercado premió los modelos ligeros en activos, con altos márgenes y poco capital invertido. Si además había crecimiento, los múltiplos se disparaban hasta 30 o 50 veces beneficios. Sin embargo, esa prima empieza a revisarse a medida que el riesgo de disrupción se incorpora a los precios.
Por el contrario, la intensidad de capital —tradicionalmente vista como un inconveniente— empieza a percibirse como una fortaleza. En un entorno de recortes de tipos, la deuda es más manejable. Y lo más importante: estos negocios no son fáciles de “reinventar” desde cero. Nadie va a construir una nueva red ferroviaria de costa a costa ni un sistema alternativo de puertos en cuestión de años.
Además, tras más de una década en la que el capital riesgo se concentró casi exclusivamente en tecnología y software, apenas existe financiación ni experiencia para lanzar startups intensivas en activos físicos. Ese “desierto” de capital se convierte, paradójicamente, en un nuevo foso competitivo.
Una mejora de apenas un punto porcentual en eficiencia puede transformar la generación de caja. Reducir un 2% el consumo de combustible en rutas aéreas o mejorar la planificación de paradas técnicas en una refinería no es revolucionario, pero sí tremendamente rentable.
En cambio, una empresa SaaS con márgenes del 40% tiene mucho menos margen de mejora relativa. Por eso algunos inversores empiezan a fijarse no solo en los activos pesados, sino en la combinación de altos activos y bajo margen (HALM), donde pequeñas eficiencias impulsadas por IA pueden multiplicar el beneficio.
Se pueden proponer otros acrónimos —TANQUE (activos tangibles, no “matables”), MOAT (operaciones masivas y muchos activos) o RAMP (activos reales, margen potencial)—, pero la idea de fondo es la misma: en plena fiebre por la IA, el mercado podría estar redescubriendo el valor estratégico de los activos físicos.