El “Dilema del Prisionero” que puede acabar con el dinero fácil en Big Tech

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Capitalbolsa | 16 feb, 2026 11:52 - Actualizado: 08:20
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Puntos clave
  • La IA ya no es solo crecimiento: el gasto masivo en infraestructura está cambiando el mapa de ganadores.
  • Big Tech se comporta como un “dilema del prisionero”: nadie puede frenar el CapEx sin arriesgar irrelevancia.
  • Si la inteligencia se abarata, la prima puede desplazarse hacia energía, materiales e infraestructura.

Durante años, el mercado ha tratado a la inteligencia artificial como el mayor evento de creación de valor de nuestra era. Con esa idea, los inversores se “apilaron” en tecnología de crecimiento: Nvidia y los grandes hiperescaladores (Amazon, Microsoft, Alphabet u Oracle). La lógica era seductora: si la IA multiplicará los beneficios futuros, hay que comprar a quienes levantan la autopista por la que circulará todo. Y, bajo esa premisa, parecía que solo podían subir.

El fallo de la tesis “solo pueden subir”

El problema es que la tecnología, tradicionalmente ligera en capital, ha entrado en modo “obra pública”. El gasto en centros de datos, chips, redes y energía se ha disparado a una velocidad poco habitual para compañías que, hasta hace nada, presumían de márgenes y generación de caja. Según explica el autor original, Brendan O’Boyle, estamos viendo cómo el mercado empieza a preguntarse si parte de ese CapEx es realmente acrecentador de valor en el corto plazo.

La idea clave: el gasto puede ser racional para “no quedarse fuera”, pero aun así puede ser subóptimo para el accionista si la rentabilidad llega tarde o llega diluida por la competencia.

El “dilema del prisionero” del CapEx

El “Dilema del Prisionero”, popularizado por John Nash, describe cómo dos actores racionales terminan tomando decisiones peores para ambos porque no pueden confiar en que el otro hará lo mismo. En la carrera de la IA, los CEOs están atrapados en esa dinámica: si uno frena y el otro no, corre el riesgo de perder la carrera; pero si todos aceleran a la vez, neutralizan ventajas y presionan márgenes, mientras el mercado se inunda de IA más barata.

Cuando la inteligencia se abarata, manda lo físico

A medida que la IA abarata el coste de producir información (código, contenido, creatividad “industrializada”), los llamados fosos digitales se vuelven más vulnerables. Si la inteligencia se convierte en una commodity, el valor puede desplazarse hacia lo que sigue siendo escaso: energía, tierra, metales, logística e infraestructura. En otras palabras, nos acercamos a un mundo donde la abundancia es digital, pero la limitación es física.

Paradoja de la IA: si la inteligencia tiende a ser “infinita” y barata, los activos “tontos” (minas, redes eléctricas, ferrocarriles, equipos industriales) pueden ganar prima porque son el cuello de botella real.

De crecimiento a valor: el cambio de prima

Esto no implica “vender toda la tecnología”, sino mirar con más lupa. En software, la pregunta deja de ser solo “cuánto crece” y pasa a ser “qué tan defendible es su foso”. Y, al mismo tiempo, sectores históricamente tratados como dinosaurios —energía, industriales, materiales y utilities— vuelven a tener sentido porque son quienes suministran el músculo físico de la revolución: construcción, cobre, acero, electricidad y transporte.

En resumen, no estamos presenciando el fin de la IA, sino un cambio de reparto: la carrera armamentística puede beneficiar a quienes venden chips, sí, pero también —y quizá antes de lo que muchos esperaban— a quienes proveen infraestructura y recursos escasos. Si el mercado empieza a asumir que parte de la “inteligencia” se mercantiliza, el inversor puede terminar pagando menos por el crecimiento digital y más por la escasez del mundo real.

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