La "maldición" de los nuevos presidentes de la Fed amenaza al S&P 500
- Kevin Warsh llega a la Reserva Federal en un momento delicado: petróleo caro, bonos tensionados y bolsa en máximos.
- El mercado teme que una crisis energética pueda convertirse en un problema de inflación, tipos y crédito.
- La decisión clave será si la Fed endurece más la política monetaria o evita agravar una crisis de oferta.
Kevin Warsh asume la presidencia de la Reserva Federal en un momento mucho más incómodo de lo previsto. Según el análisis de Vlad Signorelli, la idea inicial era que Warsh actuara como una especie de válvula de alivio para facilitar bajadas de tipos durante el segundo mandato de Donald Trump. Sin embargo, el escenario ha cambiado: ahora hereda una crisis energética, rendimientos elevados y una economía que necesita más inversión, no menos.
El problema no es menor. La tensión en torno al estrecho de Ormuz, el precio del petróleo y la reacción del mercado de bonos colocan a la Fed ante una decisión difícil: proteger el ciclo económico o combatir una inflación que puede venir más por restricciones de oferta que por exceso de demanda.
La “maldición” de los nuevos presidentes de la Fed
El artículo recuerda una pauta histórica incómoda: desde la década de 1930, los nuevos presidentes de la Reserva Federal suelen enfrentarse a fuertes correcciones bursátiles durante sus primeros meses en el cargo. De media, el S&P 500 ha caído alrededor de un 12% en los tres meses posteriores a la llegada de un nuevo presidente de la Fed.
En algunos casos, como Jerome Powell, Janet Yellen o Ben Bernanke, las caídas fueron más moderadas. Pero otros episodios, como los de Alan Greenspan o Eugene Meyer, estuvieron asociados a retrocesos superiores al 30%. Warsh llega, además, con el S&P 500 cerca de máximos históricos, lo que aumenta la sensibilidad del mercado a cualquier error de comunicación o de política monetaria.
Warsh no solo hereda una economía compleja; hereda también un mercado que ya ha descontado mucho optimismo y que podría tener poco margen para tolerar sorpresas negativas.
El petróleo y los bonos estrechan el margen de maniobra
El rendimiento del bono estadounidense a 10 años se sitúa en torno al 4,6%, un nivel que ya empieza a pesar sobre la valoración de los activos de riesgo. Al mismo tiempo, el mercado sigue muy pendiente de las noticias procedentes del Golfo y de la evolución del crudo.
La tensión energética es especialmente delicada porque no responde a un ciclo clásico de demanda. Si el petróleo sube por una restricción geopolítica de oferta, una subida agresiva de tipos puede tener efectos secundarios peligrosos: enfriar la economía, dañar el crédito y castigar sectores sensibles como vivienda, pequeñas empresas, manufacturas e inversión productiva.
Según Signorelli, esa es la primera gran prueba para Warsh: no convertir un shock energético en una crisis crediticia interna.
Tres caminos para Warsh
El nuevo presidente de la Fed tiene, en la práctica, tres opciones. La primera sería ignorar el shock de Ormuz y mantener los tipos estables. La segunda, endurecer la política monetaria al estilo Volcker, con el riesgo de golpear la demanda y el crédito. La tercera, defender una política más flexible para mantener vivo el flujo de capital y permitir que los altos precios incentiven nueva oferta, sustitución y eficiencia.
- Mantener tipos: opción prudente, pero puede quedarse corta si el mercado de bonos exige más dureza.
- Subir tipos: combate la inflación, pero puede agravar un problema que nace en la oferta.
- Bajar tipos: sostiene el crédito, aunque exige convencer al mercado de que no se está validando la inflación.
Durante su audiencia de confirmación, Warsh insistió en la importancia de distinguir entre inflación subyacente y movimientos puntuales provocados por shocks geopolíticos. Esa distinción será clave. La Fed no puede reabrir Ormuz ni resolver la diplomacia con Irán, pero sí puede evitar añadir presión financiera a una economía ya tensionada por la energía.
La cuestión no es si el petróleo caro es inofensivo. No lo es. La cuestión es si la respuesta adecuada a un shock de oferta debe ser destruir demanda con más dureza monetaria.
La lección de 1990-91
El precedente histórico más relevante, según el análisis, es la Guerra del Golfo de 1990-91. Entonces, una crisis petrolera inicialmente temporal terminó agravándose por el endurecimiento monetario previo, la restricción crediticia y decisiones fiscales poco oportunas. El resultado fue una recesión.
Ese recuerdo pesa ahora sobre la Fed. Si Warsh interpreta mal la naturaleza del shock, podría repetir el error: tratar una restricción de oferta como si fuera un exceso de demanda. En ese caso, la política monetaria no resolvería el problema energético y, además, podría debilitar la economía doméstica.
Una primera prueba decisiva
La pausa diplomática y las medidas para estabilizar la oferta de crudo dan a Warsh algo de tiempo. Pero el margen es estrecho. Los futuros de fondos federales ya no descuentan recortes de tipos y asignan una elevada probabilidad a nuevas subidas antes de final de 2026.
La tesis de Signorelli es que Warsh debe evitar que el mercado de bonos tome la iniciativa. Si los rendimientos siguen escalando y el crudo permanece bajo presión, la Fed podría verse forzada a elegir entre salvar el mercado alcista o aplastar la demanda. Ninguna de las dos opciones es cómoda.
La conclusión es que la llegada de Warsh no se produce en un simple relevo institucional. Llega en un punto potencialmente crítico para bonos, petróleo y bolsa. Su primera decisión importante no será solo sobre tipos; será sobre cómo impedir que una crisis energética se transforme en una crisis financiera.