Unas bolsas caras y sin márgenes mínimos de error

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Capitalbolsa | 30 oct, 2025 15:00 - Actualizado: 09:39
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En las últimas semanas hemos escuchado la misma pregunta repetirse en casi todos los foros financieros: ¿estamos en una burbuja?

No es una duda menor, porque la euforia que envuelve a los mercados convive con un nivel de vulnerabilidad pocas veces visto. Y, aun así, coincidimos con la visión que recientemente compartía Leo Nelissen: este no es un mercado burbuja, sino un entorno complejo, con sectores sobrevalorados, sí, pero también con amplias zonas de oportunidad si se gestiona el riesgo con prudencia.

Un mercado caro y con márgenes mínimos de error

La realidad es que las valoraciones actuales dejan poco margen para las malas noticias. Lo vimos este año con el episodio de las tarifas: bastó una amenaza comercial para provocar una de las correcciones más rápidas desde la crisis financiera global. Después vino la recuperación —impulsada por los buenos resultados de las grandes tecnológicas y la relajación del discurso político—, pero el mensaje quedó claro: el suelo bajo nuestros pies no es tan sólido como parece.

Nelissen comparaba este mercado con el plástico de burbujas: algunas pueden estallar sin comprometer la estructura general. Nos parece una metáfora precisa. Hay subsectores que muestran síntomas de exceso, especialmente algunos ligados a la inteligencia artificial o a startups de crecimiento desmedido, mientras otros siguen cotizando a múltiplos razonables y con fundamentos sólidos.

En otras palabras, no es el momento de confiar ciegamente en el S&P 500, sino de construir carteras más selectivas y diversificadas.

El elefante en la habitación: el crédito privado

El punto más inquietante, y aquí coincidimos con Nelissen, es el crecimiento desbocado del crédito privado. En el año 2000, este mercado apenas gestionaba 40.000 millones de dólares. Hoy supera los 3,5 billones y se ha convertido, según Bloomberg y el propio Fondo Monetario Internacional, en un componente de importancia sistémica.

El problema no es solo su tamaño, sino la opacidad. La quiebra reciente de First Brands, una compañía del sector autopartes que acumuló miles de millones en deuda procedente de fondos privados, ha servido de aviso. A pesar de las declaraciones tranquilizadoras de figuras como Henry Kravis (KKR), los datos apuntan a que muchas de esas deudas podrían estar sobrevaloradas por agencias de rating de segundo nivel, menos rigurosas que las tradicionales Moody’s, S&P o Fitch.

El Financial Times reveló un dato inquietante: mientras las tres grandes agencias mantienen su volumen de calificaciones estable, los pequeños proveedores —algunos con oficinas en una simple vivienda unifamiliar— están emitiendo miles de ratings con plantillas mínimas y criterios más laxos. En promedio, otorgan calificaciones hasta tres niveles superiores a las que habrían recibido esos activos de un evaluador tradicional.

En la práctica, eso significa que una parte importante del capital institucional (aseguradoras, fondos de pensiones, gestoras de deuda) está operando sobre valoraciones posiblemente infladas. Y si algo nos enseñó la crisis de 2008, es que el exceso de confianza en los ratings es el preludio de un ajuste severo.

Entre la expansión y la prudencia

Ahora bien, que existan riesgos no implica retirarse del mercado. Nosotros, como Nelissen, seguimos viendo motivos para el optimismo. La economía estadounidense muestra señales de aceleración impulsadas por la desregulación y una política monetaria más flexible. Sectores cíclicos —energía, transporte, vivienda— ofrecen valor, al igual que los beneficiarios del auge en inteligencia artificial y digitalización industrial.

Además, los índices igual ponderados (como el RSP) o estrategias con sesgo hacia value podrían superar al S&P 500 tradicional, excesivamente concentrado en sus siete gigantes tecnológicos. La clave, en nuestra opinión, es mantener la exposición a esos motores de crecimiento, pero con coberturas y vigilancia macroeconómica constante.

En nuestra estrategia seguimos el principio que Nelissen resume bien: “no hay que preocuparse, pero sí ser cuidadosos”. La vigilancia de indicadores adelantados —como el ISM manufacturero o los diferenciales de crédito— resulta esencial. Una caída simultánea del crecimiento cíclico y un repunte de la inflación serían la combinación más peligrosa para el crédito privado y, por extensión, para el conjunto del mercado.

Nuestra lectura final

Nos mantenemos compradores, aunque con cautela. Creemos que el gobierno y la Reserva Federal continuarán con su política de “calentar la economía”, lo que debería sostener la expansión en sectores reales y mantener vivas las oportunidades. Pero ignorar los riesgos sería una temeridad.

El crédito privado, ese nuevo gigante financiero de crecimiento vertiginoso, es una fuente de rendimiento… y también de fragilidad potencial. Si la economía se debilita o la inflación se resiste a ceder, el riesgo de un efecto dominó será real. Y nadie —ni los propios actores del sector— sabe exactamente dónde están los puntos de ruptura.

Por eso, mientras seguimos apostando por los cíclicos y los valores de calidad con descuento, tenemos claro que cualquier signo de deterioro en los indicadores líderes nos hará virar hacia posiciones más defensivas sin dudarlo.

En definitiva, coincidimos con Leo Nelissen: no es momento de huir del mercado, pero sí de dejar de caminar con los ojos cerrados sobre un hielo que, por brillante que parezca, sigue siendo demasiado fino.

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