Artículo Curioso del Día: W. Shakespeare era una mujer judía negra

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Capitalbolsa | 27 ene, 2026 16:25
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Puntos clave
  • La historiadora feminista Irene Coslet sostiene en su libro El verdadero Shakespeare que el autor del canon fue en realidad Emilia Bassano, una mujer negra, judía y de origen veneciano.
  • Según Coslet, Bassano habría utilizado el seudónimo “Shakespeare” y su obra habría sido posteriormente apropiada por el actor de Stratford-upon-Avon.
  • La tesis ha generado una fuerte controversia y choca frontalmente con el amplio consenso académico sobre la autoría de William Shakespeare.

La figura de William Shakespeare vuelve a situarse en el centro de la polémica, esta vez no por una nueva lectura de sus obras, sino por una tesis radical sobre su identidad. La historiadora feminista Irene Coslet defiende en su libro El verdadero Shakespeare —recogido por medios como The Telegraph— que el autor del canon shakespeariano no fue el dramaturgo de Stratford, sino una mujer negra, judía y de origen anglo–veneciano llamada Emilia Bassano.

La tesis de Coslet: una autora oculta tras el seudónimo “Shakespeare”

En un texto publicado en la London School of Economics, Coslet sostiene que Shakespeare “no era un hombre, sino una mujer negra, angloveneciana, de ascendencia marroquí y judía encubierta”, identificada como Emilia Bassano (Londres, 1569-1645). Hija de un músico de corte veneciano, Bassano habría sido acogida en una casa noble inglesa tras la muerte de su padre, recibiendo una educación poco habitual para una mujer de la época y moviéndose durante años en la órbita de la corte isabelina.

La autora recuerda que Bassano publicó en 1611 el poema de teología feminista Salve Deus Rex Judaeorum y que desde la década de 1970 algunos historiadores —como Alfred Leslie Rowse— la han vinculado a Shakespeare como posible amante del mecenas de su compañía teatral. A partir de ahí, Coslet da un paso mucho más ambicioso: argumenta que Bassano habría utilizado el seudónimo “Shakespeare” para firmar las obras, y que un actor “sin educación” de Stratford se habría apropiado de ese nombre y de esa fama a ojos de la posteridad.

La clave de la hipótesis de Coslet es que, según ella, la historia habría silenciado sistemáticamente las contribuciones intelectuales de las mujeres, de modo que la figura de Bassano habría quedado borrada en favor de un genio masculino blanco.

Identidad, representación y el debate sobre la autoría

El libro sostiene que los estudiosos “no han sabido explicar” cómo un hombre supuestamente humilde de Warwickshire habría incorporado con tanta profundidad referencias a distintas culturas y contextos internacionales. Bassano, en cambio, encarnaría una identidad diversa —judía, mora, con vínculos familiares con la Venecia cosmopolita del siglo XVI— que podría justificar esa riqueza de influencias. De ahí la conclusión de Coslet de que el mundo anglófono tendría, en realidad, una “madre con identidad multicultural” y que Bassano sería la “madre de una civilización”.

Incluso el hecho de que el retrato de Bassano muestre a una mujer de piel clara se interpreta bajo este prisma: Coslet sugiere que los pintores habrían blanqueado deliberadamente su aspecto para ajustarlo a los cánones de la época, lo que encajaría con la idea de una autora invisibilizada por razones de género y origen.

En palabras de la propia Coslet, si Shakespeare fuera una mujer de color, ello obligaría a replantear “la narrativa dominante sobre quién ha tenido un papel civilizador en la historia” y a revisar cómo se han construido los relatos culturales.

El choque con el consenso académico

Frente a esta lectura, el consenso de los especialistas en literatura isabelina sigue siendo muy claro: William Shakespeare habría nacido en Stratford en 1564, hijo de un guantero, habría sido educado en la escuela local, se casó con Anne Hathaway y, ya a comienzos de la década de 1590, figura documentado en la escena londinense. Murió en 1616, casi tres décadas antes que Bassano, que falleció en 1645.

Críticos como Philip Womack han recordado en The Telegraph que existen abundantes pruebas documentales sobre la autoría de Shakespeare y sitúan la propuesta de Coslet en la larga tradición de teorías alternativas —desde Francis Bacon hasta el conde de Oxford— que buscan otros candidatos para el Bardo. En este caso, el giro adicional es la combinación de género, raza y religión en la figura de Bassano y su uso para reabrir el debate sobre quién ha escrito realmente la gran literatura occidental.

Más allá de que la hipótesis convenza o no, la propuesta de Coslet se inscribe en una línea de investigación que intenta visibilizar figuras femeninas y minoritarias en la historia cultural, aunque, en este caso, chocando frontalmente con lo que la mayoría de los expertos consideran evidencia sólida sobre la vida y obra de Shakespeare.

El resultado es un debate intenso: para algunos, una reinterpretación forzada que desborda lo que permiten las fuentes históricas; para otros, una provocación útil que, aun siendo discutible, sirve para cuestionar cómo se ha construido el canon y quién ha quedado fuera de él.

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