La cumbre Trump-Xi deja intacta la gran duda: ¿sirve de algo negociar con Pekín?

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Capitalbolsa | 15 may, 2026 09:09
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Puntos clave
  • La cumbre entre Trump y Xi ya ha concluido sin despejar las dudas de fondo sobre la relación comercial.
  • La tesis central es que Washington debería dejar de buscar grandes acuerdos con Pekín.
  • El foco pasa de la negociación a la protección del mercado interno y la reindustrialización estadounidense.

La reunión entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín ya ha finalizado, pero el debate de fondo sigue intacto: ¿debe Estados Unidos seguir intentando cerrar grandes acuerdos comerciales con China o asumir que esa vía lleva décadas fracasando? Para Mihir Torsekar, economista sénior en la Coalition for a Prosperous America, la respuesta es clara: el mejor acuerdo que Trump puede lograr con Pekín es, precisamente, no firmar ninguno.

Su argumento parte de una lectura histórica muy dura. Desde Ronald Reagan hasta el propio Trump, varios presidentes estadounidenses han creído que una combinación de diplomacia personal, presión económica y concesiones selectivas podía acercar a China a los intereses de Washington. Sin embargo, según Torsekar, la experiencia demuestra lo contrario: Pekín acepta compromisos cuando le conviene, pero rara vez altera su estrategia de fondo.

Tres décadas de expectativas frustradas

El autor recuerda que Reagan interpretó las reformas de Deng Xiaoping como el inicio de una posible evolución de China hacia un modelo más cercano al capitalismo liberal occidental. Esa expectativa no se cumplió. Después llegaron nuevas decepciones: la represión de Tiananmen, el fracaso de las condiciones sobre derechos humanos impuestas por Bill Clinton y la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio bajo la premisa de que la integración acabaría moderando su comportamiento.

La lectura de Torsekar es que Washington terminó cediendo una y otra vez. La concesión del estatus comercial favorable a China, la normalización de relaciones comerciales permanentes y la apertura del mercado estadounidense no produjeron el cambio estructural que muchos esperaban.

La tesis es incómoda, pero relevante para el mercado: si China no cambia su estrategia industrial, entonces cada acuerdo parcial puede acabar siendo solo una pausa táctica, no una solución duradera.

El precedente fallido del acuerdo de Fase Uno

El propio Trump ya vivió esa frustración durante su primer mandato. En 2020, firmó con China el acuerdo comercial de Fase Uno, que obligaba a Pekín a comprar bienes estadounidenses adicionales por valor de 200.000 millones de dólares en dos años. Sin embargo, según Torsekar, China acabó adquiriendo menos del 60% de lo prometido.

El incumplimiento no fue marginal. Afectó a las principales categorías del acuerdo: agricultura, manufacturas, energía y servicios. Para el autor, ese episodio resume el problema central de la relación bilateral: Estados Unidos concede acceso, tiempo o alivio regulatorio, mientras Pekín mantiene intacta su estrategia de largo plazo.

También critica las concesiones realizadas en anteriores rondas de negociación, como la suspensión de nuevas restricciones, la reducción de aranceles ligados al fentanilo o la concesión de licencias a Nvidia para vender determinados chips al mercado chino. A cambio, sostiene, Pekín ofreció compromisos demasiado débiles en materias como fentanilo, soja o tierras raras.

China no negocia su estrategia industrial

Para Torsekar, el verdadero problema no es una partida comercial concreta, sino el modelo industrial chino. Pekín sigue apostando por importar tecnología, desarrollar sustitutos nacionales con respaldo estatal, desplazar competidores extranjeros y dominar mercados globales estratégicos.

Ese patrón ya se ha visto en sectores como telecomunicaciones, energía solar, baterías, construcción naval y semiconductores. Por eso el autor considera ingenuo pensar que una nueva ronda de negociaciones pueda corregir una estrategia que forma parte del núcleo del plan económico chino.

  • China mantiene una política industrial agresiva y de largo plazo.
  • Estados Unidos conserva ventajas tecnológicas clave, especialmente en chips de inteligencia artificial.
  • El riesgo es que nuevas concesiones aceleren la transferencia de capacidad estratégica hacia Pekín.

La cuestión ya no es solo comercial. Es industrial, tecnológica y geopolítica. El mercado debe leer cada concesión a China no como un gesto aislado, sino como parte de una pugna por cadenas de suministro, chips, energía y defensa económica.

Aranceles, industria nacional y menor dependencia

Frente a la diplomacia de grandes acuerdos, Torsekar defiende una estrategia más directa: reforzar el mercado interno estadounidense. En su opinión, los aranceles han tenido más efecto sobre el comportamiento comercial chino que tres décadas de diálogo.

El déficit comercial bilateral de Estados Unidos con China se habría reducido desde 442.000 millones de dólares en 2018 hasta 221.000 millones en 2025, una caída cercana al 50%. Además, parte de las exportaciones chinas desviadas de Estados Unidos se habrían redirigido hacia terceros mercados, lo que confirmaría que la desvinculación económica avanza, aunque sea de forma parcial y desigual.

El autor también subraya el aumento de la inversión manufacturera en Estados Unidos, impulsada por los aranceles, la Ley CHIPS y los incentivos fiscales a la producción nacional. La relocalización de semiconductores, baterías y tecnologías limpias sería, para él, una prueba de que Washington sí puede recuperar parte de su capacidad industrial si mantiene una política firme.

El punto crítico: chips, tierras raras y seguridad económica

Uno de los frentes más sensibles es el tecnológico. Torsekar sostiene que los chips de inteligencia artificial más avanzados de Estados Unidos siguen siendo muy superiores a los mejores desarrollos de Huawei, y que esa ventaja podría ampliarse en los próximos años.

Por eso considera un error permitir determinadas ventas tecnológicas a China. Su posición es que Washington debe proteger con más firmeza sus ventajas en semiconductores, acelerar la seguridad minera, impulsar la producción nacional de tierras raras y crear reservas estratégicas antes de que Pekín utilice su posición dominante como herramienta de presión.

Para los inversores, esta visión favorece una lectura clara: semiconductores, defensa, minería crítica, automatización industrial y manufactura avanzada seguirán siendo sectores estratégicos. No solo por crecimiento, sino por seguridad nacional.

La conclusión del artículo es tajante. Trump no debería volver de China con un acuerdo simbólico que repita errores anteriores. Tras la cumbre ya concluida, el resultado más relevante sería que Estados Unidos deje claro que su prioridad no es conseguir otra promesa de Pekín, sino proteger su mercado interno, fortalecer su industria y reducir dependencias críticas.

En esa lectura, el verdadero giro estratégico no consistiría en firmar un pacto más, sino en abandonar la idea de que China va a cambiar de rumbo por la vía de las concesiones. Para Torsekar, Washington debe dejar de esperar un gran acuerdo y empezar a actuar como si la competencia con Pekín fuera estructural, duradera y cada vez más intensa.

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