“El error no es estar invertido, es no entender el momento”.
Por Javier Molina, analista de Mercados de eToro
- Mercado fuerte pero frágil: máximos en bolsas, exceso de confianza y riesgo infraestimado.
- Liquidez y tipos reales bajos sostienen las valoraciones pese a los desequilibrios macro.
- El reto: seguir invertido, pero con disciplina de riesgo ante un 2026 más exigente.
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“El error no es estar invertido, es no entender el momento”. Con esta idea, Javier Molina, analista de Mercados de eToro, resume un final de 2025 en el que coexisten dos realidades: por un lado, unas bolsas muy cerca de máximos, fuertes entradas en renta variable y un sentimiento claramente instalado en la codicia; por otro, un trasfondo de riesgos crecientes que el mercado parece haber decidido aparcar… de momento.
En términos de “momentum”, el mensaje es nítido: la tendencia sigue siendo alcista. En términos de riesgo, la lectura exige mucha más finura.
Un mercado que sube en un entorno poco benigno
Lo llamativo de este ciclo, tal y como subraya Javier Molina, no es tanto la subida en sí, sino la capacidad del mercado para seguir avanzando en un contexto que, objetivamente, dista de ser cómodo: tensiones geopolíticas, desequilibrios fiscales con déficits elevados, inflación estructuralmente más alta y un debate constante sobre la calidad y consistencia de los datos macro.
Para muchos inversores, la conclusión es casi automática: mientras haya liquidez, el mercado aguanta. Y hoy por hoy, esa liquidez sigue presente.
La política monetaria se ha vuelto de nuevo claramente acomodaticia, no tanto porque los datos lo exijan, sino porque el sistema parece incapaz de tolerar periodos prolongados de tensión financiera sin respuestas inmediatas de bancos centrales y gobiernos.
Política económica: mucho estímulo, pocos frenos
Los bancos centrales han optado por recortar tipos y volver a expandir balances incluso con una inflación todavía por encima de los objetivos oficiales, justificando esta postura en la necesidad de evitar dislocaciones en los mercados monetarios. La política fiscal, lejos de compensar ese impulso, lo refuerza manteniendo desequilibrios presupuestarios elevados, lo que añade presión estructural sobre los precios y sobre la parte larga de la curva de tipos.
Históricamente, este tipo de entorno ha sido muy favorable para los activos financieros y el mercado lo ha entendido: flujos masivos hacia ETFs de renta variable, reducción de coberturas de volatilidad y una sensación de que “el riesgo está controlado”. El problema es que, cuando esa percepción se hace casi unánime, el margen de error se estrecha de forma drástica.
Las métricas de sentimiento no apuntan necesariamente a un giro inmediato, pero sí a una asimetría menos favorable: el potencial adicional de subida a corto plazo es limitado frente a un riesgo de correcciones tácticas cada vez mayor.
El verdadero riesgo: crecimiento débil con inflación alta
El escenario que más preocupa no es tanto una recesión clásica, sino una combinación más incómoda: crecimiento debilitándose mientras la inflación se resiste a bajar. Un entorno así obliga a convivir con tipos reales exigentes, presión sobre márgenes empresariales y un encarecimiento progresivo del capital, incluso aunque los tipos oficiales se reduzcan.
La parte larga de la curva de tipos ya refleja, en buena medida, que el mercado de bonos no compra del todo la narrativa de “inflación totalmente controlada”. Las empresas han podido absorber parte del golpe sacrificando márgenes, pero esa capacidad es limitada. A medida que nos acercamos a 2026, trasladar más costes al consumidor será cada vez más difícil y el deterioro del crédito comenzará a hacerse visible, primero en los segmentos más débiles y, después, de forma más generalizada.
Los spreads de crédito siguen contenidos, pero lo hacen sobre una base de endeudamiento creciente, lo que aumenta la vulnerabilidad del sistema ante cualquier desaceleración de la actividad.
Seguir invertido, pero con cabeza
Nada de lo anterior invalida que el mercado siga siendo, hoy, alcista. El error, insiste en el fondo el análisis de Javier Molina, sería confundir fortaleza con ausencia de riesgo. La historia demuestra que los momentos de mayor complacencia suelen coincidir con fases en las que la gestión activa del riesgo marca la diferencia entre preservar el capital o perderlo innecesariamente.
Entramos en 2026 con un mercado sostenido por liquidez, confianza y momentum, pero también con desequilibrios claros en política económica, inflación y crédito. Para el inversor, el reto no es acertar el próximo movimiento del índice, sino seguir participando en la tendencia sin renunciar a la disciplina. Porque cuando el mercado deja de premiar la codicia, lo suele hacer sin previo aviso.
Así está el tablero. Y, como concluye de forma implícita el propio Javier Molina, es ahora cuando conviene jugarlo con cabeza.