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Rodrigo RatoEUROPA PRESS - Archivo

La firmeza de la sentencia que condena a Rodrigo Rato, expresidente de Bankia, por haber mantenido y utilizado las 'tarjetas black' creadas por Miguel Blesa, sitúa al exvicepresidente del Gobierno con Aznar al borde de la prisión, donde deberá cumplir en primera instancia una pena de cuatro años y medio de privación de libertad.

Frente a las tesis que restaban trascendencia penal a aquel abuso y cargaban aquellas alegrías dinerarias en la cuenta de la frivolidad económica de la época, el Tribunal Supremo piensa con toda la razón que el uso de aquellos medios de pago, opacos a Hacienda, constituía un delito continuado de apropiación indebida, impropia de unos administradores que debían lealtad a los depositantes de unos recursos que les habían sido confiados. En el caso concreto de Rato, el tribunal subraya que, dadas sus responsabilidades y experiencia y preparación para el cargo, no podía ignorar el funcionamiento opaco de las tarjetas. "Ninguna persona con una formación mínima, lo que se podría identificar con el hombre medio -dice textualmente el texto forense-, podría entender de forma mínimamente razonable, que unas percepciones dinerarias que funcionaban con tal grado de ocultación y opacidad, también a efectos fiscales, pudieran estar justificadas en las normas aplicables”.

El Tribunal Supremo piensa con toda la razón que el uso de las 'tarjetas black', opacas a Hacienda, constituía un delito continuado de apropiación indebida

El caso de las ‘tarjetas black’ compendia simbólicamente los excesos que se cometieron durante los años gloriosos de las vacas gordas en este país, cuando se engendró una fastuosa burbuja inmobiliaria arropada por unas cajas de ahorros que estaban en manos de las élites políticas de las diversas comunidades autónomas que mantenían aquellas instituciones fuera de todo control. Para entender a qué situación se había llegado, es ilustrativo recordar que cuando Rato fue nombrado presidente de Caja Madrid, su competidor más directo, con importantísimos apoyos en el seno del PP, era nada menos que Ignacio González, expresidente de la CAM (sucesor de Aguirre), involucrado en la operación Lezo de corrupción urbanística, quien ya ha pasado una larga temporada en prisión mientras se dirime su seguramente oscuro destino judicial.

Rodrigo Rato, un personaje de la alta sociedad, con antecesores ilustres en el reinado de Alfonso XIII, hijo de Ramón Rato Rodríguez-San Pedro, un personaje relevante del franquismo que fue encarcelado en los sesenta por evasión de capitales, pertenecía a una familia opulenta, que atravesó sin romperse ni mancharse las sucesivas etapas históricas de este país. No era fácil imaginar que la voracidad del último eslabón de aquel linaje llegara a los extremos a los que efectivamente ha llegado y terminase comportándose como un chorizo cualquiera.

Entre 2004 y 2007, Rato fue director gerente del Fondo Monetario Internacional, puesto que obtuvo gracias al peso específico de España en la comunidad internacional, del que dimitió caprichosamente antes de que concluyera su mandato sin entender, aparentemente, que había adquirido un compromiso con el Estado español que dejaba incumplido. Posteriormente se incorporó a la división internacional de Lazard y al Consejo Asesor Internacional del Banco de Santander, antes de emprender la aventura de Bankia, que está bajo investigación, con graves síntomas de serias irregularidades (Rato es acusado, por ejemplo, de haber desviado a empresas propias grandes inversiones publicitarias de la compañía). Hacienda le persigue además por diversos presuntos fraudes, que se están investigando.

Rato fue uno de los tres candidatos que sopesó José María Aznar en el momento de su retirada política para entregar el testigo a un sucesor. Cuentan algunas crónicas que no designó al más brillante, que era sin duda el propio Rato, porque no se fió de él. Sin embargo, le había mantenido durante casi ocho años como vicepresidente económico, en un período de fuerte desarrollo que, sin embargo, nos abocó a la gran burbuja inmobiliaria de poco después.

Sea como sea, el personaje Rato representa una época decadente de capitalismo descontrolado y rudimentario en que todavía existía una colisión inconveniente entre lo público y lo privado -las cajas de ahorros fueron la última prueba de aquel dislate-, y hoy encarna seguramente los últimos vestigios de una casta de privilegiados que ha hecho y deshecho a su antojo en este país, cada vez más y mejor controlado por la propia sociedad civil.

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