¿Quién ha votado a VOX?

Los votantes "han buscado otros actores para entregarles su representación"

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Antonio Papell
Bolsamania | 31 dic, 2018 06:00
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Acto de VOX en el Palacio Euskalduna (Bilbao) con el presidente del partido, SanGorka González/Europa Press

El nacimiento de VOX ha sido, junto con el éxito de la moción de censura contra Rajoy, el suceso político del año. En un país en que se había teorizado intensamente sobre la dificultad de que emergiera una extrema derecha (el recuerdo del franquismo actuaba como eficaz vacuna), un grupo de personas desgajadas del PP vasco han formado un nuevo partido, que disputa el espacio de estribor al PP y que amenaza seriamente con quedarse, dada su familiaridad con otras formaciones europeas con las que podrá establecer ciertas economías de escala.

Abundan estos días los análisis periodístico-sociológicos sobre el vuelco político experimentado en la comunidad andaluza, del tipo de “¿Por qué ganó la derecha en Andalucía?”, y bien puede decirse que se ha exprimido el acontecimiento hasta dejarlo exhausto. Algunos analistas han captado la complejidad de la pregunta (sin olvidar que nada tiene de anormal la alternancia después de casi 40 años de gobierno de un signo determinado).

También abundan las interpretaciones interesadas, como las que atribuyen el fracaso del PSOE de Susana Díaz a la política de moderación y diálogo que practica Sánchez con el independentismo, como antes hizo Rajoy, y como debe hacer cualquier estadista con responsabilidad de gobierno que quiera conseguir un desenlace incruento del conflicto catalán.

Nada tiene de anormal la alternancia después de casi 40 años de gobierno de un signo determinado

El lector, que por serlo ha digerido ya sin duda toda esta riada de análisis, no debería sin embargo perder de vista que bajo la rabiosa contemporaneidad, que incluye desde 2015 dos elecciones catalanas, el desarrollo del conflicto catalán, el cambio de signo del Gobierno por una moción de censura y, ahora, la alternancia en Andalucía, subyace una nueva y arriscada aventura electoral de la sociedad española, que, ante una crisis de gran calado que fue pésimamente abordada por los dos grandes partidos estatales —primero el PSOE y después el PP fueron incapaces de ofrecer respuestas que limitaran el sufrimiento de los grandes colectivos que fueron víctimas de aquella coyuntura—, decidió por su cuenta y riesgo abandonar la seguridad que ofrecía el modelo clásico, bipartidista, que había funcionado hasta entonces, y dar cabida a nuevos actores, generalmente ubicados en la frontera del sistema establecido, para dar una oportunidad a las nuevas voces.

En Andalucía, ha sido esta decisión soberana la de los electores la que ha producido el cataclismo. En dicha comunidad, el cansancio por tanto tiempo del PSOE en el poder, con políticas intervencionistas y clientelares que no han sido capaces de auspiciar la salida de la región del furgón de cola en renta y riqueza, no se ha manifestado en forma de un gran trasvase de votos desde el PSOE hasta el PP, que será finalmente el partido de gobierno.

En efecto, el PSOE ha perdido en estas elecciones unos 403.000 votos, que se ha traducido en la pérdida de 14 escaños, pero el PP ha experimentado también un grave quebranto: ha dejado en el camino 315.000 votos y 7 escaños (en las anteriores autonómicas de 2015 Juanma Moreno ya había perdido otros 17 diputados). En definitiva, de los dos partidos convencionales han desertado 718.000 votos. También Podemos e Izquierda Unida, que comparecieron separados en 2015 y lo han hecho juntos en 2018 (Adelante Andalucía) han perdido 280.000 votos.

Los electores han buscado otros actores para entregarles su representación

Y ¿adónde han ido esos electores que se han marchado del antiguo esquema de representación? Grosso modo, las cuentas son estas: 351.000 personas han ido a la abstención; 291.000 a engrosar todavía más las filas de Ciudadanos, que ha pasado de 9 a 21 escaños; y 396.000 votos a VOX, que ha conseguido 12. Ciudadanos y Podemos ya comparecieron por primera vez en las autonómicas de 2015, y VOX ha irrumpido ahora. Los descreídos del viejo sistema, el de la gran crisis de 2008, el de la corrupción generalizada y masiva, han buscado otros actores para entregarles su representación. De forma que la tercera parte de los electores andaluces en 2018 ha votado a fuerzas que no existían antes de las anteriores autonómicas de 2015.

Un proceso parecido ha tenido lugar en las elecciones generales: en 2015, casi el 35% de los votos fueron a Ciudadanos y a Podemos, que se estrenaban en aquella consulta popular. La presencia se repitió en las generales de 2016. Y no es aventurado pensar que en las próximas generales entrará también VOX en el Parlamento español. PP y PSOE, que han dejado de controlar los grandes consensos de Estado como hicieron antes (con escaso aprovechamiento, esta es la verdad) perderán todavía otra parcela de su decreciente influencia. Los descreídos del viejo sistema tienen cada vez más voz y más protagonismo. Y lo grave es que PP y PSOE siguen, en buena medida, sin comprender del todo lo ocurrido.

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