Análisis: Iberia, el overbooking y los chicles
BMS
lunes, 28 noviembre 2005, 10:39
Es cierto que
Viernes. Ocho y siete minutos de la tarde. Aeropuerto de Barajas. Cola de facturación de equipajes. El catarro me está matando. Los zapatos que llevo aún más. Qué decir del humo que me está echando en el cogote el individuo que está detrás de mí (en Barajas, sólo una poco convincente megafonía recuerda la existencia de Puntos para Fumadores). Una pareja lleva más de 20 minutos facturando. ¿Habrá algún problema? La situación empieza a ser crítica. Llega mi turno. Overbooking. Ahora sí que empieza a ser crítica la situación. El gentil empleado de Iberia (ojalá se hunda en Bolsa) me dice que la tierra se ha tragado mi billete, el que compré mes y medio atrás.
No tengo billete. No tengo plaza para ningún destino alternativo y quién sabe si tendré vuelo mañana. En estos casos siempre me sale la vena guerrera. Suelo enarbolar la bandera de los derechos, la ética y la decencia. Esta tarde no. Esta tarde dejo a otros gritando y defendiendo la moral y la decencia ante el trabajador de Iberia, y yo escapo a buscar una oficina de ventas (se me ha pasado un poco el sofoco y ya no deseo que Iberia se hunda en Bolsa, sólo que sufra un pequeño varapalo del 4 ó 5%).
Encuentro la oficina de ventas. Me miran a la cara. Debo darles mucha pena porque aparece milagrosamente un billete para un aeropuerto alternativo y de ahí, en autobús hasta el destino final de mi viaje. ¿Pero en qué quedamos? ¿No me acaban de decir que no había plazas? ¿Encima de impresentables, mentirosos? (me sube la sangre a la cabeza de nuevo y vuelvo a desear que las acciones de Iberia se hundan en la miseria).
Diríjase a la ventanilla 311 y le entregarán el billete. Allá voy. Explico por enésima vez la historia de mi vida. Iberia, representada por una gentil señora (siempre son gentiles las personas que traen malas noticias), me responde: ¿y se supone que tengo que ser yo la que envíe el telex para el transporte por superficie? Sobre la marcha realizo una traducción simultánea y llego a la conclusión de que la señora –siempre gentil- me pregunta si tiene que ser ella la que gestione el trayecto en autobús.
Mira guapa, yo puedo dudar sobre muchas cosas en esta vida; puedo tener dudas sobre si hay vida después de la muerte o sobre dónde estarán dentro de seis meses el entrenador del Real Madrid, los tipos de interés o la cotización de la empresa que te paga el sueldo. Mi vida es una duda perpetua, pero si algo tengo claro es que tú vas a enviar ese telex para que yo pueda dormir esta noche plácidamente en mi cama.
Ha colado. Finalmente tengo billete, telex y 10 minutos de tiempo antes de embarcar. Estoy hambrienta y sedienta. Hay una moneda de dos euros en mi cartera y ni un cajero automático a tiro de piedra (así son los bancos: están hasta en la sopa y nunca están cuando los necesitas). ¿Qué hago con los dos euros? ¿Compro una acción de Iberia? (bromeo conmigo misma para quitarle un poco de hierro al asunto). Finalmente pago 1,35 euros por medio litro de agua (las reservas están bajas y hay escasez, pero ni que estuviera comprando un manantial) y tras la adquisición me queda un flujo de caja libre de 0,65 euros, insuficiente hasta para comprar unos chicles con los que engañar al estómago.
Subo al avión. Me parece estar protagonizando una escena de película. Justo cuando voy a sentarme, alguien se acomoda en mi sitio. ¿Qué asiento tienes? El 20B. ¿Y tú? El 20B. Déjalo, quédate tú sentada, le digo. No soy santa ni buena, sino todo lo contrario: he estado muy contenida toda la noche y por fin veo la oportunidad de desquitarme un poco, de enarbolar esa bandera de la ética y la decencia que no quise coger tres horas antes.
Finalmente me acomodan en un asiento en la parte de atrás del avión (supongo que allí se me ve y se me escucha menos). Me esposo a él atándome el cinturón y tiro la llave por la ventana para asegurarme de que ya nadie pueda sacarme de allí. Más megafonía. Ésta vez la de Iberia. Con el objetivo de hacer más agradable el viaje, vamos a ofrecerles… ¡Menos mal! Van a darme algo que llevarme a la boca. Pero no. Lo que Iberia me ofrece son unas imágenes de vídeo. Son interesantes, pero imágenes de vídeo al fin y al cabo. ¿Imágenes de vídeo? ¿Ni un trozo de pan? ¿Ni un cacahuete? ¿Ni un simple caramelo a una víctima del overbooking? Horas después llego a mi destino, en autobús, claro está.
Iberia me ha indemnizado generosamente. ¡Menudo negocio has hecho!, me ha dicho alguien. He llegado a sentirme hasta mal. ¿Pero no te da vergüenza, María? ¿Con la que tiene montada Iberia (petróleo, conflictos laborales, competencia de las aerolíneas de bajo coste…) y tú, chupándole la sangre? Afortunadamente he recapacitado: si Iberia ha sido tan desprendida a la hora de compensarme, cuánto dinero deberá estar ganando gracias al overbooking (cada vez creo más en los Reyes Magos y menos en la buena voluntad de las empresas).
Overbooking. Es cierto que yo me indigno con bien poco, pero estaremos de acuerdo en que es indignante la impunidad con la que aún hoy las aerolíneas siguen estafando a los usuarios (¿qué es sino estafar vender un artículo, cobrar por él y no entregarlo al cliente?)
Overbooking. Mi primera y –espero- última vez. Que pase el siguiente.
María Martínez










