Análisis | Pros y contras de la gran coalición

Tras el 23F no llegó a constituirse pero se habló de tal posibilidad, y tampoco ha resultado necesaria durante la pasada crisis económico-financiera

  • Los gobiernos monocolores serán excepcionales en un esquema cuatripartito, y lo lógico será que gobierne una coalición a dos e incluso a tres
  • El parlamento surgido del 20D ya no está establecido sobre la dicotomía clásica entre la gran opción liberal-conservadora
Antonio Papell
Bolsamania | 27 may, 2016 20:08 - Actualizado: 14:50
Rajoy-sanchez-cataluna

Mientras pervivió el bipartidismo imperfecto –es decir, el esquema parlamentario basado en dos grandes formaciones políticas y en otras varias de mucha menor entidad en los extremos y ocasionalmente en el centro-, la ‘gran coalición’ sólo hubiera podido justificarse por algún argumento excepcional: para remontar una gran crisis económica o institucional, por ejemplo. Tras el 23F no llegó a constituirse pero se habló de tal posibilidad, y tampoco ha resultado necesaria durante la pasada crisis económico-financiera, pero la opción de constituirla quedaba en reserva, como una fortaleza del sistema.

Tras el 23F no llegó a constituirse pero se habló de tal posibilidad, y tampoco ha resultado necesaria durante la pasada crisis económico-financiera

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La razón por la cual la ‘gran coalición’ sólo había de plantearse entonces en circunstancias excepcionales era clara: la democracia se basa, teóricamente, en una dialéctica continua entre poder y oposición, y si la gran principal se alía con el poder se produce una cierta desnaturalización del modelo porque falla el control de la mayoría por la minoría.

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Ahora, aquel planteamiento de las primeras décadas de nuestra aventura democrática ha cambiado completamente merced a los nuevos comportamientos electorales de los españoles. Por una parte, los gobiernos monocolores serán excepcionales en un esquema cuatripartito, y lo lógico será que gobierne una coalición a dos e incluso a tres. Por otra parte, aunque se produzcan coaliciones, quedarán fuera de ellas otras organizaciones que ejercerán la tarea de oposición, que incluye el control del poder. Quiere decirse, en fin, que la vieja cultura de la dialéctica fundamental poder-oposición, que ha durado hasta el 20D, ha de dar paso a la cultura de la coalición y el pacto, que ha de partir de la convicción de que pactar en democracia no es violentar las propias creencias ni traicionar a los electores sino facilitar la gobernabilidad, algo primordial en nuestros sistemas.

Finalmente, es preciso realizar una consideración básica que permite desligar definitivamente lo viejo de los nuevo. El parlamento surgido del 20D ya no está establecido sobre la dicotomía clásica entre la gran opción liberal-conservadora y su alternativa socialdemócrata: ahora es todo más complejo puesto que ha surgido un potente populismo difícil de clasificar (al menos, con los baremos anteriores) y que en el fondo no se alinea con las opciones clásicas del sistema vigente sino que propugna algo parecido a un cambio de régimen.

LA GRAN COLACIÓN PODRÍA TERMINAR SIENDO UNA SALIDA RAZONABLE

En este nuevo escenario, y aunque parezca al principio difícil de asimilar, están en cierto modo más cerca PSOE y PP que PSOE y Podemos. PP y PSOE discrepan en muchas cosas, como por ejemplo en la intensidad y calidad de las políticas sociales, pero coinciden en lo esencial, que es el conjunto de las grandes reglas de juego –el marco constitucional- que permiten precisamente que la alternancia sea fecunda. En cambio, PSOE y Podemos están más próximos en algunos vectores programáticos, como por ejemplo –también- en las políticas sociales, pero se hallan en las antípodas en lo que concierne al modelo institucional. El PSOE, en concreto, no puede condescender ni remotamente con experimentos como el chavismo venezolano, que todavía embelesa a los cuadros de la organización de Pablo Iglesias.

Por resumir, la ‘gran coalición’ podría terminar siendo una salida razonable a la demanda de gobernabilidad que se hará sensible después del 26J, siempre que se consiga superar con generosidad determinadas barreras –como la de la corrupción, que obliga a renuncias y a gestos de asunción de responsabilidades- y se busque una coherencia programática bien elaborada que pueda ser asumida por las clientelas de los partidos.

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