El mensaje que ha llegado al hemiciclo y a la opinión pública era archiconocido, de modo que la frustración había de dar paso al tedio
En democracia, los fracasos, para que resulten digeribles, han de ser espontáneos e imprevistos, porque se piensa que siempre el sistema tiene recursos para sacarnos de ellos. Pero cuando, por algún defecto funcional o sistémico, se repiten y dejan una estela de ‘déja vu’, generan frustración y melancolía. Esta ha sido la sensación que ha derramado sobre el auditorio (seguramente escaso) el discurso de investidura de Mariano Rajoy, a medio camino entre el posibilismo y la fatalidad.