La tensión entre Estados Unidos, Irán y Europa sube un nuevo escalón. Según recoge Holly Ellyatt en CNBC, el canciller alemán Friedrich Merz ha lanzado una crítica poco habitual contra la gestión estadounidense del conflicto, al afirmar que Estados Unidos está siendo “humillado” por el régimen iraní.
Merz considera que Teherán está explotando con habilidad el bloqueo diplomático, dejando que los negociadores estadounidenses viajen, se desgasten y regresen sin avances tangibles. Para el canciller alemán, la Guardia Revolucionaria iraní está utilizando la negociación como una herramienta de desgaste político, mientras el conflicto sigue presionando la economía europea.
Las palabras de Merz reflejan una inquietud creciente entre los líderes europeos. Aunque la crítica fue inusualmente directa, encaja con el malestar acumulado en varias capitales ante una guerra que Europa no decidió, pero cuyas consecuencias económicas está pagando de forma inmediata.
La Unión Europea y Reino Unido, importadores netos de energía, se han visto obligados a reforzar compras de petróleo y gas a proveedores fuera de Oriente Próximo, como Estados Unidos y Noruega. Esta presión llega después de haber reducido drásticamente la dependencia energética de Rusia por la guerra en Ucrania, lo que deja a Europa con menos margen de maniobra.
Europa está atrapada en una guerra que no quería y en una factura energética que no controla. Ese es el fondo de la creciente irritación política.
Merz también advirtió de un riesgo conocido: entrar en una guerra suele ser más fácil que salir de ella. El canciller alemán recordó los ejemplos de Afganistán e Irak, conflictos que se prolongaron durante años y generaron elevados costes humanos, políticos y económicos.
Ese temor es compartido por otros dirigentes europeos. El primer ministro británico, Keir Starmer, ha mostrado su rechazo a que Reino Unido sea arrastrado al conflicto. Emmanuel Macron y Giorgia Meloni también han expresado reservas, mientras que responsables alemanes de Defensa han llegado a calificar la situación como una “catástrofe”.
El exsecretario general de la OTAN y actual ministro de Finanzas de Noruega, Jens Stoltenberg, añadió otro elemento de preocupación: las guerras son impredecibles y pueden escalar. Si eso ocurre, el impacto humano sería el primero, pero las consecuencias económicas también serían mucho mayores.
El bloqueo del estrecho de Ormuz sigue siendo el gran foco de presión. La interrupción de flujos energéticos ha obligado a Europa a competir por suministros alternativos de combustibles fósiles, elevando los precios y complicando la recuperación económica.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, señaló recientemente que la Unión Europea ha tenido que pagar 25.000 millones de euros adicionales por importaciones de petróleo y gas desde el inicio de la guerra en Irán. Para economías como Alemania, que ya venían intentando estabilizar su actividad, este shock energético supone un obstáculo considerable.
El problema para Europa no es solo el precio del petróleo. Es la combinación de energía cara, menor competitividad industrial y mayor incertidumbre inversora.
La vía diplomática sigue abierta, pero con avances muy limitados. Los negociadores estadounidenses tenían previsto viajar a Islamabad para una nueva ronda de contactos, pero Donald Trump canceló el desplazamiento. El presidente estadounidense sostiene que Washington conserva la posición de fuerza y que, si Irán quiere negociar, debe acercarse directamente.
Teherán ha planteado reabrir el estrecho de Ormuz si Estados Unidos levanta el bloqueo sobre los puertos iraníes y termina la guerra. Sin embargo, esa propuesta aplazaría las conversaciones sobre el programa nuclear iraní, lo que genera fuertes dudas en Washington. La Casa Blanca prepara ahora una contrapropuesta.
La paciencia europea empieza a agotarse porque el conflicto combina todos los ingredientes que más dañan a la región: energía cara, inflación importada, presión sobre la industria, riesgo sobre el transporte y ausencia de una salida diplomática clara.
El malestar de Merz no debe leerse solo como una crítica retórica a Washington. Es una señal de que Europa empieza a temer que la estrategia estadounidense no esté acercando el final de la guerra, sino prolongando un bloqueo que golpea directamente a sus economías.
En conjunto, la guerra de Irán se está convirtiendo en un problema cada vez más incómodo para los aliados occidentales. Estados Unidos intenta mantener la presión sobre Teherán, Irán resiste y negocia con dureza, y Europa soporta una parte importante del coste económico. Mientras Ormuz siga bloqueado y las negociaciones no avancen, el riesgo será el mismo: más tensión energética, más inflación y más división política entre aliados.