Yves Bonzon, CIO de Julius Baer
Las acciones de defensa han sido uno de los grandes temas de inversión de los últimos años, impulsadas por la guerra en Ucrania, el rearme europeo y el aumento de las tensiones geopolíticas. Sin embargo, los gráficos de rendimiento relativo empiezan a lanzar una señal más prudente: el sector podría haber alcanzado un punto máximo frente al mercado general, tanto en Estados Unidos como en Europa.
La evolución resulta llamativa. A pesar de la persistencia del conflicto en Ucrania y de la aparición de un nuevo foco militar en Oriente Medio, los valores aeroespaciales y de defensa han perdido impulso relativo desde comienzos de marzo. Es decir, siguen siendo compañías con un fuerte respaldo estructural, pero ya no avanzan con la misma fuerza frente al resto del mercado.
Una parte de la explicación está en la propia magnitud del rally previo. Los índices ligados a defensa llegaron a subir alrededor de un 50% en 2025, lo que hacía razonable una fase de digestión o toma de beneficios.
Cuando un sector descuenta con tanta rapidez un escenario favorable, el mercado empieza a exigir nuevas pruebas: más contratos, más capacidad de producción, mejores márgenes y visibilidad real sobre entregas futuras. En defensa, además, existe un problema operativo evidente: la demanda aumenta, pero la capacidad de producción no siempre puede ajustarse con rapidez.
El caso de las municiones es representativo. En varios frentes se consumen a un ritmo superior al de reposición, lo que demuestra que el crecimiento del gasto militar no se traduce automáticamente en ingresos inmediatos para todos los contratistas.
El sector defensa no ha perdido atractivo estructural, pero sí puede haber entrado en una fase más selectiva, donde comprar cualquier gran contratista ya no basta.
La lectura más importante no está solo en los precios, sino en la transformación del propio concepto de defensa. La guerra moderna ya no depende únicamente de aviones, tanques, buques o sistemas de armamento convencional. Los drones de bajo coste, la guerra electrónica, la inteligencia artificial y los sistemas de vigilancia están alterando el equilibrio de poder.
Esto implica que los beneficiarios del rearme global ya no se concentran exclusivamente en las grandes compañías históricas que dominan los índices tradicionales de defensa. El gasto empieza a repartirse hacia nuevos segmentos con mayor componente tecnológico.
Entre las áreas con mayor potencial destacan:
El posible techo relativo de los índices tradicionales de defensa no significa necesariamente que el tema de inversión haya terminado. Más bien apunta a una rotación interna: los inversores empiezan a diferenciar entre compañías maduras, ya muy revalorizadas, y nuevos actores o proveedores tecnológicos con mayor potencial de crecimiento.
Este matiz es importante. El aumento de los presupuestos militares seguirá siendo una tendencia estructural, especialmente en Europa y Estados Unidos. Pero el mercado puede dejar de premiar de forma indiscriminada a todo el sector y concentrarse en aquellas empresas capaces de capturar la nueva demanda.
La defensa sigue siendo una temática de largo plazo, pero el liderazgo puede desplazarse desde los grandes contratistas tradicionales hacia compañías más vinculadas a tecnología, software, datos, drones y espacio.
Para los inversores, la conclusión es clara: no basta con mirar qué empresas han liderado el ciclo anterior. La clave será anticipar cómo evolucionará la composición del sector defensa durante los próximos años.
Los índices tradicionales están dominados por compañías de armamento convencional, pero la demanda futura puede estar cada vez más vinculada a capacidades digitales, automatización, inteligencia, vigilancia y protección de datos. Esa transición puede cambiar el mapa de ganadores dentro del sector.
Por tanto, más que abandonar la temática de defensa, el mercado parece estar exigiendo un enfoque más selectivo. El inversor deberá distinguir entre valores que ya han descontado gran parte del optimismo y compañías que todavía pueden beneficiarse de la modernización estructural del gasto militar.