Como explica Joy Wiltermuth, el mercado ha pasado de aprender a convivir con la incertidumbre de los aranceles de la administración Trump a entrar en una fase de ajuste frente a la disrupción potencial de la inteligencia artificial. Cada pocos días aparece un nuevo informe, hilo o análisis que describe escenarios extremos: desde la destrucción masiva de empleos cualificados hasta cadenas de apuestas en IA que podrían deshacerse de forma simultánea.
El último ejemplo fue un informe viral que planteaba un mundo en el que la IA borra buena parte del trabajo de “cuello blanco” y desencadena una venta en cadena de activos correlacionados. El resultado fue una fuerte corrección en valores de software y financieros, mientras el S&P 500, en agregado, apenas se movía en lo que va de año. El mensaje es claro: el nerviosismo se está concentrando en unos pocos segmentos, no en todo el mercado.
Según Keith Lerner (Truist Advisory Services), el mercado está en una “fase de ajuste” con la IA, similar a lo que ocurrió cuando arrancó el ciclo de aranceles: mucha volatilidad de titulares, pero también capacidad de adaptación. A su juicio, los inversores no deberían dejarse paralizar por el miedo; del mismo modo que un informe puede detonar ventas, unas pocas noticias positivas pueden cambiar el tono con rapidez.
El propio artículo señala que un evento reciente de Anthropic, centrado en la colaboración con compañías e industrias, ayudó a que el Dow Jones, el S&P 500 y el Nasdaq recuperaran parte del terreno perdido el día anterior. La narrativa puede oscilar entre “IA como amenaza” e “IA como complemento”, y el mercado está tratando de encontrar un punto de equilibrio entre ambas visiones.
De cara a la gestión de carteras, Lerner sugiere reducir las concentraciones excesivas en tecnología y ampliar el foco hacia otros segmentos: más diversidad sectorial dentro de renta variable, exposición a mercados internacionales, renta fija y activos como el oro. La idea central es “ensanchar el enfoque” y no depender de un único vector de crecimiento, por muy potente que sea la narrativa de la IA.
Mike Reynolds (Glenmede) va un paso más allá y plantea un ejercicio de gestión de riesgos muy concreto: revisar valor por valor la cartera de renta variable y analizar qué podría hacer la IA con cada modelo de negocio. Al mismo tiempo, identifica áreas potencialmente menos expuestas a disrupciones directas, como los activos reales o determinados metales industriales, que pueden beneficiarse indirectamente del propio despliegue físico de la IA.
Como recuerda Dana D’Auria (Envestnet Solutions), es prácticamente imposible “blindar” completamente una cartera frente a la IA. Nadie tiene una bola de cristal sobre cómo se desplegará la tecnología, qué modelos de negocio se verán más amenazados o qué nuevas oportunidades aparecerán. De hecho, el inversor medio ya lleva tiempo financiando el desarrollo de la IA a través de sus planes de pensiones y fondos indexados, simplemente por su fuerte peso en los grandes índices.
La recomendación de fondo es mantener una visión de largo plazo, buscar una diversificación razonable y evitar reacciones extremas. Que un sector esté bajo presión en el corto plazo no implica necesariamente que haya que abandonarlo por completo; en muchos casos, supone revisar valoraciones y ajustar pesos, no cortar de raíz toda la exposición.
Reflexión de Capital Bolsa
Desde nuestra perspectiva, la disrupción de la IA es real, pero el riesgo para el inversor está tanto en infravalorarla como en sobrerreaccionar. Igual que con los aranceles, el mercado tenderá a ir incorporando la información de forma gradual, con fases de pánico y fases de complacencia. La clave no es “huir de la IA”, sino entender qué parte de la cartera depende demasiado de un único escenario tecnológico.
En la práctica, esto se traduce en tres ideas: revisar el peso agregado de tecnología y de los grandes ganadores de la IA, añadir activos y sectores menos correlacionados (defensivos, reales, internacionales) y mantener un horizonte de inversión suficientemente largo como para que las olas de volatilidad no obliguen a vender en el peor momento. La IA no es solo una amenaza: bien gestionada, puede ser también una fuente de rentabilidad, siempre que el riesgo esté bajo control.