La carrera por la inteligencia artificial se ha convertido en una de las grandes obsesiones de Wall Street. Pero, según Igor Pejic, los inversores no deberían limitarse a buscar la próxima OpenAI o la próxima Anthropic. La pregunta importante es otra: ¿conviene apostar por quien logre el gran salto tecnológico o por quien consiga desplegar la IA a escala dentro de negocios ya consolidados?
Pejic divide el mercado en dos grandes caminos. El primero es el de la supremacía tecnológica: compañías centradas en crear los modelos más avanzados y acercarse a la inteligencia artificial general. El segundo es el del despliegue masivo: empresas capaces de integrar la IA en productos, clientes, nubes, publicidad, comercio electrónico, software empresarial y dispositivos.
El gran obstáculo sigue siendo la fiabilidad. Los modelos actuales de IA pueden generar respuestas muy útiles, pero también pueden inventar información con aparente seguridad. Es lo que se conoce como alucinaciones, un problema que limita su uso en actividades de alto riesgo.
Por eso, Pejic recuerda que la IA actual funciona mejor como herramienta de apoyo que como sistema autónomo. Todavía estamos lejos de una IA capaz de responder por sí sola consultas sensibles de clientes, configurar sistemas críticos, ofrecer asesoramiento legal o realizar compras con plena autonomía sin supervisión humana.
Las compañías más ambiciosas del sector están enfocadas en alcanzar la inteligencia artificial general, el punto en el que los modelos podrían igualar el rendimiento humano en la mayoría de tareas intelectuales. En ese grupo se encuentran OpenAI, Anthropic y xAI, esta última vinculada a SpaceX.
El atractivo es evidente: si alguna de estas compañías logra ese salto, el mercado podría justificar valoraciones extraordinarias. Pero el riesgo también es mayor. Nadie sabe con precisión cuándo llegará la IA general, ni siquiera si será alcanzable en los plazos que hoy descuentan algunas valoraciones.
Pejic advierte de que no basta con extrapolar mejoras graduales. La IA general exigiría otro gran salto tecnológico, comparable al impacto inicial que tuvo el lanzamiento de ChatGPT. Y ese tipo de hitos no se puede calendarizar con precisión.
El segundo grupo está formado por compañías que no necesitan ganar la carrera del modelo perfecto para capturar valor. Amazon, por ejemplo, monetiza diferentes modelos de IA a través de AWS y utiliza sus propias capacidades en herramientas como su asistente de compras Rufus.
Meta emplea su ecosistema Llama para mejorar la segmentación publicitaria, mientras que Apple parece más interesada en monetizar su posición como guardián del usuario final que en competir directamente por el modelo de IA más potente del mercado.
Estas compañías tienen una ventaja clara: cuentan con usuarios, distribución, datos, infraestructuras y productos donde integrar la IA sin depender de una única apuesta tecnológica extrema.
Para Pejic, el grupo más interesante está liderado por Alphabet y Microsoft. Ambas combinan investigación avanzada con una capacidad enorme de despliegue comercial. No son solo laboratorios de IA, pero tampoco simples distribuidores de tecnología ajena.
Alphabet cuenta con DeepMind, uno de los ecosistemas de IA más avanzados del mundo, pero también con Google Cloud, búsquedas, Android, YouTube y múltiples aplicaciones donde integrar Gemini. Si la IA tradicional se expande a gran escala, Alphabet seguirá siendo uno de los actores mejor posicionados.
Microsoft representa la estrategia híbrida casi perfecta. Tiene Copilot, Azure, una base corporativa inmensa, participación relevante en OpenAI y desarrollo propio de modelos. Esto le permite beneficiarse tanto del avance de la IA generativa como de su adopción práctica en empresas.
La lectura de fondo es clara: en inteligencia artificial, la diversificación no consiste solo en comprar empresas de distintos países o tamaños. También implica exponerse a distintos escenarios tecnológicos.
Un escenario es que la IA general llegue pronto y premie a los creadores de modelos más avanzados. Otro, quizá más realista a corto plazo, es que la IA siga mejorando de forma progresiva y que el valor lo capturen quienes tengan la escala suficiente para integrarla en productos ya existentes.
Ahí es donde compañías como Alphabet y Microsoft ofrecen una relación riesgo-recompensa más equilibrada. No son inmunes a las caídas ni a la presión competitiva, pero tienen más vías para monetizar la IA que una compañía dependiente de un único gran salto tecnológico.
La conclusión de Pejic es relevante para el momento actual del mercado: los inversores más sofisticados no tienen por qué perseguir la próxima OPV de moda. En muchas ocasiones, la exposición más sólida a una revolución tecnológica está en los gigantes que ya tienen clientes, infraestructura, caja y capacidad de distribución global.