El precio del oro está siendo uno de los grandes protagonistas de 2026. Tras romper la barrera psicológica de los 5.000 dólares por onza y alcanzar casi 5.600 dólares a finales de enero, el metal precioso sufrió una corrección intensa de corto plazo… seguida de una recuperación igualmente rápida. Un comportamiento que refleja el entorno actual: alta incertidumbre, flujos especulativos y una fuerte narrativa estructural de fondo.
La clave no es solo el precio alcanzado, sino la velocidad de los movimientos. El oro se está comportando como un activo estructuralmente fuerte, pero tácticamente inestable.
Thomas Winmill, gestor en Midas Funds, considera que la tendencia de fondo sigue intacta. A su juicio, la utilización del dólar como herramienta geopolítica ha empujado a numerosos bancos centrales a reducir exposición a activos denominados en dólares y aumentar sus reservas en oro. Esa demanda estructural podría llevar el metal a cerrar 2026 por encima de los 6.000 dólares por onza.
Otros expertos, sin embargo, adoptan un tono más prudente. Justin Cardwell anticipa un año “irregular y volátil”, con fuertes movimientos en ambas direcciones. Ryan Haiss recuerda que el oro no genera beneficios ni flujo de caja, por lo que su precio depende en gran medida del sentimiento, las expectativas de tipos y la percepción de riesgo global.
El telón de fondo es claro: preocupaciones persistentes sobre deuda soberana global, tensiones geopolíticas y dudas sobre la credibilidad de la política monetaria. Preston Cherry señala que el oro suele beneficiarse en periodos de “incertidumbre institucional”, ya que no tiene riesgo de crédito y reacciona de forma distinta a los activos financieros tradicionales.
Si la economía estadounidense se desacelera y las expectativas de tipos se relajan, el entorno podría seguir siendo favorable para el metal. Pero el camino difícilmente será lineal.
Trevor Yates, de Global X, mantiene una visión alcista estructural y cree que estamos en las primeras fases de un mercado alcista de largo plazo. Además, considera que las acciones mineras ofrecen una oportunidad interesante, ya que muchas cotizan con múltiplos deprimidos pese a la fuerte subida del oro. Las compañías de exploración más pequeñas podrían incluso amplificar los movimientos del metal.
En definitiva, el consenso no discute la relevancia del oro en 2026. Lo que cambia es el tono: desde escenarios de 6.000 dólares hasta advertencias claras sobre un año dominado por la volatilidad. Para el inversor, la cuestión no es tanto si el oro puede subir más, sino cómo encaja en una cartera diversificada y qué nivel de oscilación está dispuesto a tolerar.