JPMorgan vuelve a lanzar una advertencia dura sobre el mercado del petróleo. Según Barbara Kollmeyer, el equipo de materias primas liderado por Natasha Kaneva considera que los precios actuales todavía no bastan para cerrar el enorme agujero de oferta provocado por el bloqueo del estrecho de Ormuz y las disrupciones asociadas a la guerra con Irán.
La idea central es sencilla: en los mercados de materias primas, la oferta, la demanda y los inventarios siempre tienen que cuadrar. En el petróleo, ese ajuste es especialmente brusco porque la demanda a corto plazo es poco flexible. Los coches siguen necesitando gasolina, los camiones diésel, los aviones combustible y la industria petroquímica materias primas.
JPMorgan estima que la disrupción global de suministro fue de 9,1 millones de barriles diarios en marzo y ha aumentado hasta 13,7 millones de barriles diarios en abril. En condiciones normales, el primer mecanismo de ajuste sería activar capacidad excedentaria, especialmente desde grandes productores como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos.
Pero, según Kaneva, esa palanca no está funcionando como debería por el corte de suministros desde esos países. Eso obliga al mercado a recurrir a otros mecanismos: retirada de inventarios, liberaciones de emergencia, reducción de actividad en refinerías y, finalmente, precios más altos que destruyan demanda.
El petróleo no necesita subir porque sí. Según JPMorgan, necesita subir porque aún no se ha destruido suficiente demanda para compensar el golpe de oferta.
El segundo mecanismo de equilibrio ya está en marcha. JPMorgan calcula que se retiraron unos 4 millones de barriles diarios de inventarios en marzo y otros 7,1 millones en abril. Es una cifra muy elevada, pero aun así no parece suficiente para compensar toda la pérdida de suministro.
La demanda global también ha caído. Según las estimaciones citadas, bajó en 2,8 millones de barriles diarios en marzo y en otros 4,3 millones diarios en abril. El dato es enorme, incluso superior al ajuste visto durante la crisis financiera global.
El problema, según JPMorgan, es que los precios actuales, en torno a los 100 dólares por barril, no explican por sí solos una caída de demanda tan agresiva. La interpretación de Kaneva es que parte de esa supuesta destrucción de demanda no sería demanda voluntariamente retirada, sino consumo que no puede realizarse porque falta suministro físico.
La diferencia es importante. Si la demanda cae porque los precios son demasiado altos, el mercado está funcionando mediante racionamiento económico. Pero si la demanda cae porque directamente no hay producto suficiente, entonces el problema es más grave: la escasez física se está reflejando como menor consumo.
Según JPMorgan, la pérdida de demanda se concentra sobre todo en Oriente Medio, economías emergentes de Asia y África. Estas regiones representarían cerca del 87% del golpe de demanda de abril, precisamente porque tienen menor capacidad para absorber precios altos o interrupciones de suministro.
Eso deja al mercado ante una conclusión incómoda: los países emergentes ya están sufriendo buena parte del ajuste, pero todavía falta más demanda que eliminar.
La aritmética de JPMorgan es directa. Si se retiran unos 14 millones de barriles diarios de suministro y los inventarios aportan incluso una contribución agresiva de 8 millones, el mercado todavía necesitaría ajustar alrededor de 2 millones de barriles diarios adicionales mediante menor demanda o nuevas retiradas de inventarios.
Y ese ajuste ya no puede recaer solo en economías emergentes. Para que el mercado cierre el desequilibrio, Europa y Estados Unidos también tendrían que reducir consumo. Según Kaneva, para que eso ocurra, los precios probablemente tendrían que subir más.
La advertencia de JPMorgan es clara: si el ajuste aún no llega a los grandes consumidores desarrollados, el precio tendrá que seguir presionando hasta que lo haga.
Europa ya empieza a notar un endurecimiento en los mercados de diésel y combustible para aviación, dos segmentos que estaban tensionados incluso antes de esta nueva fase de la crisis. JPMorgan también espera una demanda más débil de combustible aéreo en Asia y Europa durante mayo, a medida que algunas actividades se reduzcan.
En Estados Unidos, la situación es algo menos vulnerable por la mayor producción doméstica y los colchones de inventarios. Aun así, los precios en los surtidores empiezan a afectar a los hábitos de conducción, mientras que el encarecimiento de los billetes de avión puede suavizar la demanda de vuelos.
La gasolina en EE.UU. ha subido menos que los destilados hasta ahora, pero esa protección podría reducirse si las restricciones en refino y el aumento de la demanda estacional del verano estrechan más el balance de productos.
El propio Donald Trump reconoció que los estadounidenses deberían esperar precios de gasolina más altos “durante un tiempo”, al insistir en que no quiere precipitar un acuerdo para poner fin a la guerra en Irán.
El precio medio de la gasolina en Estados Unidos se situaba en torno a 4,05 dólares por galón el 23 de abril, frente a unos 2,88 dólares antes del inicio de la guerra. La presión sobre el consumidor ya es visible, pero según JPMorgan podría no ser suficiente para equilibrar el mercado.
La conclusión de fondo es incómoda para bancos centrales, consumidores y bolsas: si el bloqueo de Ormuz persiste y la capacidad excedentaria no aparece, el petróleo puede necesitar precios bastante más altos para forzar una destrucción de demanda real en Europa y Estados Unidos. Y eso elevaría el riesgo de un nuevo shock inflacionista justo cuando la economía global ya muestra señales de fragilidad.