Los mercados parecen estar lanzando un mensaje incómodo para el relato geopolítico más alarmista: la guerra no está desapareciendo, pero su impacto económico podría estar moderándose. Esa es, en esencia, la lectura que hace Norbert Rücker, responsable de Economía e investigación “Next Generation” en Julius Baer, al analizar la evolución reciente del petróleo y del resto de activos energéticos.
Durante el fin de semana, el Estrecho de Ormuz fue dado por abierto y cerrado en cuestión de horas, provocando nuevos bandazos en el crudo. Sin embargo, más allá de ese ruido, la señal de fondo es otra: los precios de la energía se han relajado de forma apreciable desde los máximos marcados a finales de marzo y comienzos de abril.
Según Julius Baer, la aparente calma de los mercados no responde solo a un cambio de humor inversor, sino también a una mejora visible en los precios reales de la energía. El Dated Brent, una referencia que refleja mejor el equilibrio real entre oferta y demanda, llegó a bajar temporalmente de los 100 dólares tras haber superado los 140 dólares en el pico de la crisis.
También el queroseno en Europa, uno de los focos más sensibles en este entorno, ha corregido con fuerza y se sitúa ya por debajo de los niveles vistos en 2022. En otras palabras, el mercado no está ignorando la guerra: está valorando que el shock energético empieza a ser más manejable.
Rücker reconoce que el conflicto sigue abierto y que las negociaciones continúan estancadas. Pero subraya un punto importante: incluso con la tensión en aumento, en los días previos siguieron transitando por Ormuz más de 4 millones de barriles diarios, o en torno a 2 millones si se excluye a Irán. Eso, sumado a rutas alternativas, da al mercado cierto margen para absorber parte del golpe.
El déficit de oferta sigue existiendo, sí, pero sería más cercano al 5% que al 10%. Y esa diferencia es clave, porque cambia por completo la magnitud del problema.
La conclusión de Julius Baer es que ni Estados Unidos ni Irán tienen verdadero interés en frenar el paso de petróleo y gas hacia China, India y otros compradores asiáticos. Por eso, aunque el flujo por Ormuz siga sufriendo interrupciones puntuales, la expectativa es que el comercio energético vaya recuperándose gradualmente.
En resumen, el mercado está imponiendo una visión más fría que la política: no hace falta una resolución definitiva del conflicto para que el crudo se normalice; basta con que el suministro vuelva a encontrar un cauce operativo suficiente. Y, por ahora, eso es justamente lo que muchos inversores están empezando a descontar.