El cobre sigue disparado y el mercado empieza a hablar de nuevos máximos “estratosféricos” si se mantiene la dinámica actual. El metal rojo ha encadenado varios récords este año, impulsado por interrupciones de oferta y, sobre todo, por un factor que está distorsionando el mercado: la acumulación de inventarios en Estados Unidos ante el temor a futuros aranceles.
Como recoge CNBC, la última fase del rally se ha “turboalimentado” por las preocupaciones sobre tarifas en EE. UU., lo que ha disparado entradas de cobre refinado al país y ha apretado la disponibilidad fuera de sus fronteras.
Detrás del movimiento hay una mezcla de demanda estructural y escasez. Por un lado, la transición energética y la electrificación necesitan cobre para cableado, transmisión y redes. Por otro, la carrera por los centros de datos y la IA añade presión: más infraestructura eléctrica, más refrigeración, más conexiones y más metal.
En este contexto, algunos bancos y firmas del sector están elevando sus escenarios. Citi, por ejemplo, ve posible que el cobre alcance niveles de 13.000 dólares por tonelada a comienzos de 2026 y no descarta un escenario alcista más ambicioso si se mantienen los déficits de oferta y la demanda sigue firme.
El punto diferencial del ciclo actual es la prima de precio en EE. UU. frente a otras referencias, que incentiva el envío de metal al país. Cuando el mercado detecta esa oportunidad, el flujo se intensifica: se traslada cobre hacia donde se paga más y se vacían existencias en otras zonas.
La consecuencia es directa: más inventario dentro de EE. UU. y menos disponibilidad fuera. En un mercado con oferta limitada, esa dinámica eleva el riesgo de “squeeze” y mantiene la presión alcista en precios.
Además del efecto de los flujos, el mercado viene con tensión por el lado de la oferta. Las existencias en la Bolsa de Metales de Londres (LME) han caído con fuerza durante el año y una parte creciente está reservada para entrega física, lo que reduce la “oferta real” disponible.
A esto se suma que 2025 ha sido un año con numerosas disrupciones mineras, y varias productoras han ajustado a la baja previsiones de producción para 2026. El resultado: un escenario en el que el déficit de metal podría concentrarse entre finales de 2025 y la primera mitad de 2026, justo cuando la demanda estructural sigue apretando.
El cobre vuelve a actuar como termómetro adelantado de la economía global, pero esta vez con un componente extra: tensiones comerciales y arbitraje que alimentan una dinámica de inventarios poco habitual. Si la oferta no reacciona y la demanda vinculada a electrificación e IA sigue aumentando, el mercado puede seguir tensándose durante 2026.