El veterano inversor Ray Dalio ha lanzado una de sus advertencias más contundentes en años: el mundo estaría “en el borde” de una guerra de capitales. En un contexto de tensiones geopolíticas al alza y mercados financieros cada vez más volátiles, Dalio advierte de que el uso del dinero como arma –a través de sanciones, embargos, restricciones al acceso a mercados o al uso de la deuda– deja de ser un escenario teórico para convertirse en una posibilidad muy real.
En su intervención en la World Governments Summit de Dubái, Dalio describió un entorno en el que tanto bancos centrales como fondos soberanos empiezan a prepararse para medidas de control de capitales y de tipos de cambio. El mensaje subyacente es claro: los flujos de capital global ya no pueden darse por garantizados, y los grandes actores se están moviendo para blindarse ante un eventual choque.
Dalio enmarca esta posible guerra de capitales en la secuencia de conflictos que ya estamos viendo: guerras comerciales, aranceles, sanciones cruzadas y creciente desconfianza entre bloques. Menciona, por ejemplo, las tensiones derivadas de los intentos de la Administración estadounidense de aumentar su influencia estratégica en territorios como Groenlandia, y el temor de los grandes tenedores europeos de activos denominados en dólares a convertirse en objetivo de sanciones financieras.
El riesgo que subraya Dalio es doble: por un lado, Europa teme ser sancionada por Estados Unidos; por otro, Estados Unidos teme dejar de contar con el apoyo de los grandes compradores de su deuda. Cuando ambos lados desconfían, el capital se convierte en una herramienta de presión mutua.
Históricamente, recuerda Dalio, las guerras de capital han ido de la mano de “grandes conflictos”. Antes de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, el país utilizó sanciones financieras contra Japón como parte de una escalada progresiva. Hoy, señala, no es difícil imaginar dinámicas similares entre Estados Unidos y China, o incluso entre Estados Unidos y Europa, en un contexto de desequilibrios comerciales y dependencia recíproca en financiación.
Según Dalio, ya estamos viendo cómo se extienden distintas formas de controles de capital y restricciones financieras en diferentes partes del mundo. No se trata solo de un riesgo futuro, sino de una realidad que comienza a aflorar, y ante la cual los grandes gestores de activos –desde bancos centrales hasta fondos soberanos– están haciendo “provisiones” y ajustes en sus carteras.
En este entorno, Dalio insiste en que el oro sigue siendo uno de los mejores activos para preservar valor a largo plazo, pese a la violenta corrección reciente y la elevada volatilidad de los metales preciosos en las últimas sesiones.
Tras un año en el que el oro acumula una subida muy significativa, la corrección desde máximos no cambia, en opinión de Dalio, su papel estratégico. La cuestión no es tanto si el metal va a subir o bajar en el corto plazo, sino qué porcentaje razonable debe ocupar en la cartera de un banco central, un fondo soberano o un inversor institucional que quiera protegerse de escenarios extremos.
El argumento es sencillo: cuando “los tiempos son buenos”, el oro puede comportarse de forma más discreta, pero en episodios de tensión financiera, conflictos o desconfianza entre bloques, su función como diversificador y seguro frente a otros activos se vuelve crítica. Para Dalio, la clave no está en apostar todo a un solo activo, sino en construir una cartera realmente bien diversificada que pueda soportar tanto ciclos de bonanza como periodos de choque geopolítico y financiero.
El mensaje final es claro: el mundo no está aún dentro de una guerra de capitales, pero, según Dalio, se encuentra peligrosamente cerca del borde. En ese contexto, repensar la exposición a riesgos geopolíticos, revisar la concentración en determinados activos y reforzar los activos refugio se convierte en una tarea ineludible para cualquier inversor de medio y largo plazo.