Según relata Steve Goldstein en el medio original, Howard Marks —copresidente y cofundador de Oaktree Capital Management— lleva más de tres décadas publicando memorandos de inversión. Y hay algo que, sencillamente, no suele aparecer en ellos: una defensa del oro o del bitcoin como inversión.
En una entrevista en el podcast “We Study Billionaires”, Marks explicó que en Oaktree se consideran inversores de valor. Su método consiste en analizar un activo —ya sea una acción, un bono, una empresa o un inmueble— para estimar su valor intrínseco y, después, compararlo con el precio al que cotiza en el mercado.
El problema, en su opinión, es que con activos como bitcoin, oro, diamantes o arte, esa comparación pierde sentido: “no hay valor intrínseco” en el que apoyarse. En otras palabras, para Marks el precio depende mucho más de lo que otro esté dispuesto a pagar que de una referencia fundamental medible.
Idea central: si no podemos estimar un valor intrínseco razonable, se complica convertir la inversión en un ejercicio disciplinado.
Marks reconoció que el oro ha tenido un año positivo, pero puso el foco en el largo plazo. Según su comparación, desde 2010 el oro habría ofrecido una rentabilidad anual aproximada del 7,7%, frente al 12,7% anual del S&P 500. No lo califica como un desastre, pero sí como un activo que puede parecer brillante en rachas cortas y resultar menos impresionante cuando se amplía el horizonte.
En el caso del bitcoin, el argumento se refuerza por su volatilidad. En el texto original se menciona que, pese a su popularidad, habría caído un 4% en el año y estaría un 29% por debajo del pico registrado a finales de octubre. Para Marks, esa naturaleza “eléctrica” del activo lo hace todavía más difícil de encajar en un marco de inversión basado en valor y gestión del riesgo.
Marks también recordó una idea clásica de Benjamin Graham y David Dodd: invertir en bonos como un “arte negativo”. En esencia, lo crucial no sería acertar con el mejor bono, sino evitar los que vayan a fallar. Si la mayoría paga y una minoría incumple, el rendimiento real depende de no comprar los que van a quebrar. Ese sesgo de “primero no perder” encaja con su ADN como inversor en crédito y situaciones especiales.
En su memorando más reciente, publicado la semana pasada según el medio original, Marks se centró en la fiebre por la inteligencia artificial y planteó que podría estar formándose una burbuja. A su juicio, una diferencia frente a la burbuja puntocom es que entonces existía una idea más nítida de cómo la tecnología sería disruptiva y cómo se materializaría. Hoy, dice, la capacidad de la IA es evidente, pero el “cómo” se convierte en negocio y “quién” monetiza de forma sostenible es menos claro.
Incluso si la IA termina transformando la economía mediante ahorro de mano de obra, Marks remarca que aún no está definido quién capturará la mayor parte de ese beneficio, lo que aumenta la incertidumbre para el inversor.