Javier Molina, analista de Mercados de eToro
Lo que deja marzo va más allá de un simple ajuste de mercado. Las bolsas estadounidenses cedieron en torno a un 5% y los bonos a largo plazo cerca de un 4,5%, pero el verdadero mensaje está en que ambos activos volvieron a caer al mismo tiempo. No es una anomalía puntual, sino la confirmación de que el sistema financiero está operando con una lógica distinta, en la que los refugios tradicionales ya no responden de forma automática como antes.
El detonante inmediato está en la energía. El conflicto en Oriente Medio ha impulsado el crudo por encima de los 114 dólares y el efecto completo todavía no ha llegado al bolsillo del consumidor. Lo visto hasta ahora es solo una primera derivada. El verdadero ajuste empezará a sentirse en las próximas semanas a través de gasolina, transporte, alimentación y bienes físicos. En otras palabras, el shock no ha terminado: está desplegándose.
El mercado laboral de Estados Unidos todavía ofrece una apariencia razonable, con 178.000 empleos creados en marzo y una tasa de paro del 4,3%. Sin embargo, por debajo de la superficie la imagen es menos sólida. La participación laboral cae por debajo del 62% por primera vez desde 2021 y el empleo privado, excluyendo sanidad, empieza a mostrar señales de debilitamiento. El mercado sigue leyendo este contexto sin recesión, pero esa interpretación empieza a tensarse.
La razón es simple: el consumo resiste, sí, pero lo hace de forma desigual; la inflación subyacente permanece cerca del 3%; y los shocks geopolíticos ya no parecen episodios aislados, sino una fuente de inestabilidad estructural.
El foco central está en la Reserva Federal. Con una deuda pública por encima del 120% del PIB, unos intereses que ya superan el gasto en defensa y una capitalización bursátil cercana al 220% del PIB, el margen de maniobra es extremadamente estrecho. Subir tipos implica tensionar a la vez mercados y economía. Bajarlos con inflación al alza supone asumir un deterioro de credibilidad. Empieza así a tomar forma un escenario incómodo: recortes con inflación todavía elevada, algo que favorece un desplazamiento gradual del capital hacia activos escasos.
Lejos de estar perdido, el mercado está reasignando capital. Más de la mitad de los sectores del S&P 500 acumulaban rentabilidades positivas antes del último rebote, un síntoma claro de rotación. Lideran el hardware vinculado a inteligencia artificial, la infraestructura de cómputo y la energía. En el extremo contrario, software, banca y modelos de negocio asociados a abundancia o liquidez ven cómo sus múltiplos se comprimen.
El escenario que se dibuja combina crecimiento débil, inflación persistente y dominancia fiscal. No se parece a los ciclos recientes, pero sí a un entorno históricamente más común: volatilidad, geopolítica e inflación recurrente. La semana girará en torno a dos ejes, energía y datos. OPEC+ marcará el tono inicial con el Estrecho de Ormuz en el centro, mientras las actas de la Fed, el PCE, el CPI y los resultados empresariales servirán para medir si esta nueva lectura del mercado se confirma o empieza a intensificarse.