El mercado empieza a asumir que el llamado “TACO trade” ya no funciona como antes. La idea era simple: cualquier tensión provocada por Donald Trump terminaba, tarde o temprano, en una marcha atrás que permitía a los activos de riesgo rebotar. Esa lógica dio muy buenos resultados durante buena parte de 2025 y reforzó el reflejo de comprar en las caídas. Pero, como explica Enguerrand Artaz, estratega de La Financière de l’Échiquier, en el conflicto con Irán ese mecanismo se está desgastando con rapidez.
El acrónimo TACO, que resume la idea de que “Trump siempre se echa atrás”, se convirtió en una referencia popular entre muchos inversores. La tesis parecía razonable: una amenaza del presidente estadounidense generaba tensión, los mercados corregían y, poco después, llegaba una rectificación que abría la puerta a un rebote. Durante bastante tiempo, esa secuencia funcionó casi como un patrón de mercado.
Sin embargo, en el frente iraní el resultado empieza a ser muy distinto. Tras amenazar con destruir infraestructuras energéticas iraníes si el estrecho de Ormuz no se reabría en 48 horas, Trump amplió primero el plazo en cinco días aludiendo a conversaciones “muy productivas”. El mercado reaccionó con entusiasmo inmediato, pero el rebote se evaporó enseguida. Pocos días después, volvió a retrasar la amenaza, esta vez diez días más. La reacción alcista fue entonces mucho más modesta y duró todavía menos.
El mensaje del mercado es claro: los inversores ya no se conforman con aplazamientos, declaraciones optimistas o giros tácticos. Quieren hechos.
Según plantea Enguerrand Artaz, el desgaste de este patrón no debería sorprender. En la guerra con Irán, Trump ya no controla por sí solo el tablero. Ahí está la gran diferencia respecto al episodio de los aranceles. En aquel caso, gran parte del riesgo dependía directamente de la Casa Blanca. Ahora no.
Mientras Washington insiste en que las conversaciones avanzan bien, sobre el terreno la realidad va en otra dirección. Irán e Israel siguen cruzando ataques, la tensión se extiende por otros países del Golfo y, sobre todo, el estrecho de Ormuz continúa en gran medida impracticable. Ese es el verdadero núcleo del problema. Las palabras del presidente estadounidense pueden mover los futuros durante unos minutos, pero ya no bastan para restaurar la confianza.
Lo único que realmente calmaría al mercado sería una reapertura oficial y operativa de Ormuz. Todo lo demás empieza a sonar a maniobra de distracción.
La gravedad del asunto aumenta porque el tiempo empieza a convertirse en un factor crítico. Cada día con el estrecho cerrado eleva el riesgo de saturación en las capacidades de almacenamiento de crudo en la región. Y cuando el almacenamiento se llena, el problema deja de ser solo comercial o logístico: pasa a afectar directamente a la producción.
Artaz subraya que esa dinámica ya está golpeando a algunos países. En Irak, la producción de los campos del sur ha caído de forma muy severa frente a los niveles previos al conflicto, mientras el almacenamiento se acerca a límites delicados. La tensión empieza a sentirse también en Kuwait, donde la petrolera estatal ya ha anunciado recortes de producción. Incluso países con algo más de margen, como Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí, no tienen una capacidad ilimitada para absorber durante mucho tiempo una alteración de esta magnitud.
Aquí está la cuestión clave: el mercado ya no teme solo una prima geopolítica en el precio del petróleo, sino una interrupción física prolongada en los flujos energéticos.
Es cierto que algunos productores del Golfo cuentan con oleoductos y rutas alternativas que les dan algo de flexibilidad a corto plazo. Pero esa capacidad de desvío no resuelve por completo el problema. Además, el riesgo se amplía si se deteriora también la seguridad del Mar Rojo, donde los hutíes han elevado sus amenazas y añaden otra capa de presión sobre las rutas marítimas.
Eso significa que el conflicto ya no puede analizarse solo en términos de titulares políticos. Cada día sin normalización empeora la situación real de almacenamiento, producción y transporte. Y esa es precisamente la razón por la que el “TACO trade” pierde fuerza: porque los inversores empiezan a ver que la realidad material de los hidrocarburos pesa más que la psicología de Trump.
En definitiva, la reflexión de Enguerrand Artaz apunta a un cambio importante de enfoque. La estrategia ya no pasa por especular con un nuevo giro verbal desde la Casa Blanca. Pasa por observar con frialdad la evolución de los flujos energéticos de Oriente Medio. Porque, mientras el reloj siga corriendo y Ormuz continúe sin reabrirse de forma clara, el mercado tendrá un problema real entre manos.