Carlos Montero
Hemos expuesto en numerosas ocasiones en estas páginas, la importancia que tienen las emociones a la hora de acudir a los mercados financieros.
De hecho, en mi larga carrera de gestor patrimonial, he comprobado como los mejores inversores con los que he trabajado fueron aquellos que mayor control tenían sobre sus emociones, no los que más conocimientos tenían sobre aspectos técnicos o fundamentales de los mercados.
"En los mercados como en la vida misma, las emociones mueven mucho más las acciones y decisiones de las personas, de lo que lo hacen las razones. De ahí proviene el lugar común -y cierto- de que el miedo y la ambición son los principales responsables de las burbujas y los grandes colapsos financieros de la historia", afirmaba recientemente el economista Guillermo Bara en una nota de investigación, y tiene razón.
Las burbujas se producen por una exaltación del ánimo comprador hasta alcanzar una "exuberancia irracional" como decía Greenspan. Y a su vez, su estallido es el fruto de la extensión del pánico vendedor entre los inversores, que provoca que la irracionalidad les domine y decida por ellos.