Juan Carlos Ureta Domingo, presidente ejecutivo Renta 4 Banco
La subida vertical de los índices en los minutos finales de la sesión del pasado viernes, que también eran los últimos minutos del primer semestre bursátil, no solo ha salvado una semana que en sí misma ha resultado bastante anodina y plana (S&P -0,3% en la semana, Eurostoxx +0,2%, Nikkei +0,1%, Shanghai Composite -0,8% y MSCI de emergentes en dólares +0,15%) sino que, además, ha puesto un broche de oro a un semestre que en el caso del S&P ha sido el mejor de las dos últimas décadas (solo superado en 1997) y en el que solo tres Bolsas en el mundo (Chile, Malasia y Nigeria) han tenido pérdidas, y además bastante reducidas.
Tras el desastroso diciembre de 2018, era difícil imaginar que en el primer semestre el S&P iba a terminar con ganancias del 17,3%, el Eurostoxx del 15,7%, el Shanghai Composite del 19,5%, el MSCI Emerging Markets en dólares del 9,2% y el Nikkei del 6,3%. Pero así ha sido, gracias en gran medida al giro de la Fed y a que la amenaza de recesión parece diferirse en el tiempo.
Precisamente a esa amenaza se refería el país anfitrión, Japón, en la apertura de la reunión del G20 en Osaka, al alertar del peligro de recesión global si la guerra de aranceles continuaba su escalada, y fueron sin duda las expectativas de un posible acuerdo entre Trump y Xi Jinping, confirmadas el sábado, las que sin duda dieron ese impulso a las Bolsas en el tramo final de la sesión del viernes.
Tal y como hemos dicho en reiteradas ocasiones en estos comentarios, Trump necesita un acuerdo, real o aparente, y el G-20 era la ocasión perfecta para "vender" mediáticamente la vuelta a la mesa de negociación, ensalzando a la vez las aptitudes del actual presidente americano, quien se considera a sí mismo un maestro en el arte de negociar. Es difícil saber si en realidad lo que hemos visto en Osaka es la claudicación de Trump ante un Xi Jinping que, a diferencia de Trump, no tiene el problema de unas elecciones en 2020, o una sumisión de China a las exigencias de Estados Unidos, pero lo que es seguro es que la tregua acordada en Osaka será presentada como un nuevo éxito de Trump, dentro de esa estrategia de la "posverdad" tan del gusto de la actual Administración americana, en la que se crean estados de opinión que se dan por ciertos con independencia de que se ajusten o no a la realidad.
Tendremos por tanto celebración bursátil del encuentro de Osaka, lo cual en cierto modo es lógico porque un "no acuerdo" habría sido catastrófico, como bien advirtió Japón al inicio de la reunión. Pero, más allá de esa celebración, y más allá de valorar como positivo el paso dado en Osaka, sería bueno hacerse algunas preguntas.
La primera es si el eventual acuerdo va a ser capaz de evitar la desaceleración económica en curso. Los últimos datos de confianza y sentimiento del consumidor americano han sido tibios y el gasto de los consumidores americanos ("personal spending") en mayo creció solo un 0,2%, lo que ha llevado a Bancos como JP Morgan a rebajar hasta el 1,5% su estimación de crecimiento para el segundo trimestre. Aunque el consenso dominante culpa a la guerra comercial con China de ese mal comportamiento y, por tanto, si hay acuerdo estaría solucionado el problema, es dudoso que no haya otros factores detrás de esa debilidad del crecimiento americano, como, por ejemplo, el propio cansancio del ciclo ("late cycle") tras la etapa más larga de expansión que haya vivido nunca la economía norteamericana al haberse superado los ciento veinte meses sin recesión.