Wall Street afronta una temporada de resultados que, sobre el papel, debería ser sólida. El consenso espera que el beneficio por acción del S&P 500 crezca un 12,3% interanual en el primer trimestre, una cifra superior al promedio histórico registrado desde 2009. El problema no es tanto si las cuentas van a salir buenas, sino si el mercado está dispuesto a premiarlas en un contexto todavía dominado por la guerra entre Estados Unidos e Irán, el repunte del petróleo y unas valoraciones que siguen lejos de ser baratas.
Ese es el verdadero debate. La temporada de resultados puede ser positiva y, aun así, no convertirse en catalizador suficiente si los inversores siguen viendo más riesgo en el frente geopolítico que alivio en las cifras empresariales. En otras palabras, la calidad de los beneficios importa, pero ahora mismo el mercado exige algo más: visibilidad.
Las previsiones de partida son, objetivamente, favorables. Más del 54% de las compañías del S&P 500 emitieron una guía positiva de beneficio por acción antes de arrancar el trimestre, el porcentaje más alto desde 2021. Para ponerlo en contexto, la media de los últimos cinco y diez años se sitúa en el 42% y el 40%, respectivamente.
Además, la estimación agregada de beneficio por acción ha seguido revisándose al alza y se sitúa cerca de un 3% por encima del nivel con el que arrancó el año. Buena parte de esa mejora procede del sector tecnológico, que vuelve a concentrar una parte decisiva del crecimiento esperado del mercado estadounidense.
El principal factor que puede enfriar el entusiasmo es el precio de la energía. El Brent se ha disparado desde el inicio del conflicto y eso ha reactivado el temor a un golpe sobre el consumo y sobre los márgenes empresariales. El mercado teme que el encarecimiento del combustible obligue a los hogares a recortar gasto y que, al mismo tiempo, aumente los costes de producción para muchas compañías.
Es verdad que ese mismo movimiento beneficia al sector energético, que podría presentar cifras especialmente fuertes. Pero también es cierto que el mercado no opera por compartimentos estancos: si la energía aprieta demasiado, la mejora de unas pocas compañías no compensará el deterioro del resto. Por eso esta campaña de resultados será tan importante no solo por las cifras, sino por lo que las empresas digan sobre costes, demanda y márgenes.
Si hay un sector que sigue sosteniendo el relato alcista, ese es la tecnología. Más de la mitad del crecimiento esperado del beneficio del S&P 500 procede de este segmento, que continúa siendo el gran motor de la mejora agregada. De hecho, las previsiones para el primer trimestre han bajado respecto al inicio del año en casi todos los sectores salvo en tecnología de la información.
Eso tiene una doble lectura. La positiva es evidente: sigue habiendo un motor claro de crecimiento. La menos cómoda también lo es: el mercado continúa dependiendo en exceso de un grupo relativamente concentrado de compañías para justificar múltiplos todavía exigentes.
Otro elemento a vigilar es la valoración. El PER adelantado del S&P 500 sigue por encima de su media de la última década, lo que significa que el mercado aún no está realmente barato. Eso no impide subir, pero sí obliga a que los resultados sean sólidos y, sobre todo, que las guías futuras acompañen. Una buena campaña sin una narrativa clara para el segundo trimestre puede quedarse corta.
En ese sentido, lo más importante probablemente no será lo que las empresas digan sobre el trimestre ya cerrado, sino cómo describan el entorno de cara a primavera y verano. Ahí estará la verdadera prueba: comprobar si la guerra está empezando a dañar actividad y márgenes o si, por el contrario, el deterioro sigue siendo mucho menor de lo que teme el mercado.
La conclusión es bastante simple. Es muy probable que venga una buena temporada de resultados. Pero eso, por sí solo, no garantiza una reacción alcista sostenida. Para que el mercado compre de verdad el argumento, necesitará ver tres cosas a la vez: beneficios sólidos, guías razonables y una sensación de que el shock de Oriente Medio no va a enquistarse más de la cuenta. Si eso ocurre, las cuentas importarán. Si no, volverán a quedar en segundo plano frente al petróleo, la inflación y la geopolítica.