Tal y como señala Pedro del Pozo, director de Inversiones Financieras en Mutualidad, “uno de los principales riesgos para 2026 sigue siendo un cambio de rumbo en los bancos centrales, con atención en Japón”. Tras un 2025 especialmente complejo para la renta fija, los mercados de bonos han vivido semanas de elevada volatilidad y repuntes de rentabilidad, pero también una cierta normalización de las curvas, que puede interpretarse como un ajuste saludable tras años de fuertes distorsiones monetarias. La deuda privada, por su parte, ha ofrecido un comportamiento notable, con diferenciales de crédito en niveles muy estrechos, en línea con el buen tono general de las bolsas, especialmente en Estados Unidos.
De cara a 2026, la renta fija se perfila como uno de los activos a seguir con mayor atención. A juicio de Pedro del Pozo, estamos entrando en un entorno más atractivo para invertir en deuda, aunque todavía quedan focos de tensión. El bono americano ha repuntado recientemente hasta la zona del 4,20%, niveles no vistos desde septiembre, tras moverse este año entre mínimos del 3,95% y máximos del 4,80%. La corrección desde esos máximos ha sido limitada, lo que refleja que persisten ciertas fuerzas de fondo: tipos más altos que en Europa, un déficit fiscal relevante y una inflación aún cercana al 3% que acotan el margen de maniobra de la Reserva Federal.
En este contexto, el mensaje es doble: por un lado, la renta fija comienza a ofrecer puntos de entrada más interesantes; por otro, el inversor debe asumir que el riesgo de un giro en el discurso o en las decisiones de los bancos centrales seguirá siendo un factor determinante en los próximos trimestres.
Un aspecto que gana importancia en el análisis de 2026 es el papel de Japón. Tras décadas de tipos ultrabajos y compras masivas de deuda extranjera —especialmente estadounidense—, el progresivo endurecimiento de su política monetaria introduce un cambio estructural relevante. La curva japonesa empieza a mostrar pendiente: los tipos a dos años se sitúan ya alrededor del 1% y los de diez años en torno al 1,9%. Aunque continúan siendo niveles moderados en términos internacionales, suponen un punto de inflexión para una economía acostumbrada a financiar parte del ahorro doméstico en el exterior.
Este giro potencial en los flujos de inversión provenientes de Japón se suma, por tanto, a los riesgos asociados a la evolución de la inflación y a las decisiones de la Fed y del resto de bancos centrales.
En el ámbito europeo, comienzan a despejarse algunos elementos que lastraban la visibilidad, especialmente para el tejido de pequeñas y medianas empresas. La progresiva desaparición del impacto arancelario, un dólar algo más débil y unas bases de comparación más favorables permiten anticipar cierta recuperación de márgenes en compañías exportadoras. Además, una ligera reactivación de la economía europea, junto al tirón de sectores estratégicos como infraestructuras y defensa, puede irradiar dinamismo al resto de la actividad.
Este escenario contrasta con el extraordinario comportamiento de las grandes compañías europeas y españolas en 2025, que se han beneficiado de su escala y de su exposición a sectores clave. De cara a 2026, en un entorno algo más “real”, con menos distorsión monetaria y mayor foco en el ciclo, las small caps podrían recuperar parte del terreno perdido si el crecimiento se mantiene y no se producen sorpresas negativas por el lado de la inflación o los tipos de interés.