Según el informe de Patrick Artus, asesor económico senior de Ossiam, España e Italia afrontan el final de 2025 con una percepción del mercado claramente más favorable que en años anteriores, pero sin haber solucionado sus problemas estructurales. La mejora fiscal reciente —en España desde 2023 y en Italia desde 2024— y el mejor crecimiento de la economía española han contribuido a reducir la prima de riesgo y a reforzar el apetito inversor. Aun así, el documento advierte de que esta lectura puede ser demasiado complaciente.
La idea central es simple: los mercados están premiando un mejor ciclo y cierta disciplina fiscal, pero el crecimiento potencial sigue lastrado por debilidades de fondo que no se han corregido.
España e Italia comparten varios problemas estructurales. El primero es el envejecimiento de la población, solo parcialmente compensado por la inmigración. El segundo es la debilidad de la productividad: en España el avance es muy limitado desde 2018, y en Italia se observa un retroceso desde 2022, lo que limita el crecimiento a medio plazo.
El informe subraya además la baja cualificación media de la población activa y la fragilidad del sistema educativo. Los resultados de las encuestas de la OCDE (PIAAC y PISA) colocan a ambos países en posiciones rezagadas frente a otras grandes economías desarrolladas. Esto se traduce en tasas de empleo inferiores y en un desempleo juvenil todavía elevado, pese a la mejora respecto a los peores años de la última década.
Otro punto relevante es el bajo nivel de robotización industrial en comparación con países como Alemania, Estados Unidos o Japón. Esta menor automatización resta competitividad y se refleja en un comportamiento industrial débil: producción estancada en España y caída en Italia. A esto se suma la pérdida de poder adquisitivo, especialmente marcada en Italia, donde los salarios reales han caído de forma notable desde 2011.
En conjunto, el diagnóstico apunta a un patrón: crecimiento más apoyado en factores cíclicos y demanda que en mejoras estructurales de eficiencia y competitividad.
Pese al diagnóstico común, el informe destaca que España tiene algunas fortalezas relativas. Entre ellas, un mayor peso del sector tecnológico y farmacéutico impulsado por inversión extranjera, una penetración elevada de energías renovables que ayuda a abaratar el precio de la electricidad, y una tasa de inversión empresarial claramente superior a la italiana.
La conclusión del documento es clara: más allá de la mejora fiscal y del crecimiento reciente —en parte apoyado por el impulso de los fondos europeos Next Generation—, no conviene sobreestimar el progreso estructural de España e Italia. Para el inversor, el riesgo principal no es el corto plazo, sino confundir un buen ciclo con una transformación estructural que, por ahora, sigue pendiente.