La inflación estadounidense vuelve a mostrar señales de tensión. Según Jeffry Bartash, de MarketWatch, el escenario más probable no es un regreso inmediato a tasas del 5% o 6% como en los peores momentos posteriores a la pandemia, pero sí una fase en la que los precios pueden seguir repuntando antes de estabilizarse.
La señal de alarma llega desde los precios mayoristas. El índice de precios de producción subió un 1,4% en abril, casi el triple de lo previsto por Wall Street y el mayor incremento en cuatro años. En tasa interanual, la inflación mayorista escaló hasta el 6%, frente al 4,3% del mes anterior.
El factor principal detrás de este repunte es el encarecimiento del petróleo provocado por la guerra con Irán. Hasta ahora, el impacto se había reflejado sobre todo en los precios energéticos, pero el último dato muestra que la presión empieza a extenderse a sectores relevantes de la economía, especialmente el transporte.
Este proceso es importante porque los precios mayoristas suelen anticipar parte de lo que después puede llegar al consumidor. Cuando suben los costes de energía, transporte o materias primas, las empresas se enfrentan a una decisión: absorber parte del golpe reduciendo márgenes o trasladarlo progresivamente a sus clientes.
El riesgo no está sólo en que suba el petróleo, sino en que ese aumento de costes se mantenga el tiempo suficiente como para incorporarse a los precios finales.
Aunque la subida de los precios mayoristas es preocupante, no se traslada de forma automática ni completa al consumidor. Las empresas ajustan precios según la competencia, la capacidad de pago de los clientes, sus márgenes y el tipo de producto. En muchos casos, absorben una parte del aumento de costes para no destruir demanda.
El precedente de la inflación de 2021-2023 ayuda a entenderlo. En aquel periodo, la inflación mayorista llegó a superar el 11%, mientras que el IPC alcanzó un máximo del 9,1%. Fue una subida muy fuerte, pero inferior al repunte experimentado por los costes empresariales.
Además, la Reserva Federal y muchos economistas prefieren fijarse en el índice de precios del consumo personal, el PCE, porque refleja mejor los cambios en los hábitos de compra. Cuando ciertos productos se encarecen, los consumidores tienden a sustituirlos por alternativas más baratas, lo que suaviza parcialmente el impacto inflacionista.
El IPC avanzó en abril a una tasa interanual del 3,8%, y varios economistas esperan que supere el 4% en mayo. Según el análisis de Bartash, esto no significa necesariamente que Estados Unidos vaya camino de repetir la espiral inflacionista de la pandemia, pero sí confirma que la presión sobre los precios vuelve a ser un problema serio.
La diferencia frente a aquel episodio es relevante. La inflación de la pandemia fue alimentada por una combinación de estímulos públicos masivos, tipos muy bajos, cuellos de botella, escasez de bienes y posterior subida del petróleo tras la invasión rusa de Ucrania. Ahora, el foco principal está mucho más concentrado en el shock energético derivado del conflicto con Irán.
El escenario central no apunta a una inflación del 6%, salvo que el conflicto en Oriente Medio empeore de forma severa y mantenga el petróleo alto durante mucho más tiempo.
La conclusión es que la inflación estadounidense probablemente seguirá empeorando en el corto plazo, pero todavía no hay señales suficientes para anticipar un retorno pleno a los niveles extremos de la etapa pospandemia. El punto crítico será la duración del shock energético: cuanto más tiempo permanezcan altos los precios de la gasolina y del crudo, mayor será la presión para que las empresas trasladen costes al consumidor.