La inflación vuelve a dejar una lectura incómoda para consumidores, empresas e inversores. Sergio Mensaque, responsable de Inversiones de Avanza Previsión, considera que los últimos datos muestran que el proceso de desinflación ha perdido fuerza y que el problema empieza a ser más persistente de lo que se anticipaba hace apenas unos meses.
El IPC general se mantuvo en mayo en el 3,2% por segundo mes consecutivo. A primera vista, esta estabilidad podría interpretarse como una señal de resistencia económica, pero también refleja que la inflación se ha quedado anclada en una zona todavía demasiado elevada.
El dato más delicado llega por la inflación subyacente, que repunta hasta el 3,0%. Este indicador, al excluir los elementos más volátiles, muestra que las presiones de fondo siguen presentes en numerosos segmentos de la economía.
A ello se suma el avance del IPCA hasta el 3,6%, una evolución que dificulta el regreso a un entorno de estabilidad de precios compatible con el crecimiento económico y con la recuperación del poder adquisitivo de los hogares.
Durante buena parte del último año, el mercado ha trabajado con la idea de una inflación en descenso y un ciclo de relajación monetaria relativamente previsible. Sin embargo, los datos recientes empiezan a cuestionar esa hipótesis.
Para Mensaque, el problema no es que la inflación esté fuera de control, sino que se mantiene en un nivel incómodo: demasiado alta para ignorarla, demasiado baja para provocar una reacción contundente y suficientemente persistente como para erosionar poco a poco el ahorro, las rentabilidades reales y la confianza económica.
El verdadero riesgo para los próximos trimestres podría no ser una nueva subida brusca de los precios, sino que hogares, empresas e inversores terminen aceptando una inflación estructuralmente superior al objetivo del 2%.
Ese escenario obligaría a los bancos centrales a mantener una política monetaria más prudente durante más tiempo y limitaría el margen para bajadas rápidas de tipos. También complicaría la planificación de las empresas, al mantener elevados los costes salariales, financieros y operativos.
Una inflación persistente favorece relativamente a bancos, aseguradoras, energía y compañías con capacidad de trasladar precios. En cambio, puede presionar a consumo discrecional, inmobiliario, utilities endeudadas y empresas con márgenes ajustados, porque combina costes elevados, menor poder adquisitivo y tipos potencialmente más altos durante más tiempo.