La inflación estadounidense vuelve a complicar el panorama para la Reserva Federal. Según Jeffry Bartash, el IPC de mayo podría situarse por encima del 4% por primera vez en tres años, una señal incómoda para un mercado que hasta hace poco seguía esperando recortes de tipos.
El consenso prevé que el IPC mensual avance un 0,5%, casi tres veces más de lo habitual en una lectura normal. En tasa interanual, la inflación podría repuntar hasta el 4,2%, frente al 3,8% anterior, alcanzando su nivel más alto desde mayo de 2023.
Uno de los factores clave es el encarecimiento del petróleo. Bartash señala que los consumidores estadounidenses probablemente seguirán pagando más por el combustible al menos hasta comienzos del otoño, incluso aunque el conflicto con Irán se calmara antes.
La temporada de desplazamientos de verano y los bajos inventarios globales de crudo dificultan una caída rápida de los precios energéticos. Además, el petróleo caro no solo afecta a la gasolina: también termina filtrándose a transporte, logística, bienes y servicios.
A ese factor se suma el impacto residual de los aranceles aplicados el año pasado por la Administración Trump, que siguen empujando al alza algunos costes. El resultado es un entorno en el que las presiones sobre precios pueden tardar más en desaparecer.
Para la Reserva Federal, el escenario se vuelve más exigente. Según Bartash, la posibilidad de recortes de tipos a corto plazo prácticamente ha desaparecido. Más aún, si la inflación se mantiene elevada, el banco central podría verse obligado a considerar nuevas subidas de tipos durante 2026.
Ese escenario sería negativo para empresas, compradores de vivienda y consumidores que dependen del crédito. Un coste de financiación más alto encarece hipotecas, préstamos empresariales y financiación al consumo, justo cuando los hogares ya están perdiendo poder adquisitivo.
Aunque el IPC general puede verse muy afectado por la energía, la Fed suele mirar con más atención la inflación subyacente, que excluye alimentos y energía. Esa métrica ofrece una señal más clara sobre la tendencia real de los precios.
En mayo, se espera que la subyacente repunte hasta el 2,9%, desde el 2,8% anterior. El dato no es alarmante por sí solo, pero sí supone un deterioro frente a la situación de hace apenas cinco meses, cuando la inflación subyacente había bajado hasta el 2,5%, su nivel más bajo en cinco años.
Según Bartash, la mayoría de economistas no cree que este repunte baste todavía para forzar una subida inmediata de tipos. La Fed suele esperar para comprobar si las subidas del petróleo se revierten, ya que la inflación general tiende a moderarse cuando la energía deja de subir.
El detalle del informe será fundamental. La Fed observará si el encarecimiento de la energía empieza a trasladarse a los precios de bienes como alimentos, ropa, electrónica de consumo, electrodomésticos y otros productos sensibles al transporte y las materias primas.
Hasta ahora, los bienes excluyendo energía no han mostrado una aceleración significativa. En abril crecían a una tasa anual del 1,1%, similar a la de enero. Una subida sostenida en esta categoría sería una señal más preocupante.
El otro foco está en los servicios. Los estadounidenses destinan la mayor parte de su gasto a restauración, ocio, sanidad, banca, vivienda y otros servicios. En los doce meses hasta abril, los precios de los servicios subieron un 3,3%, frente al mínimo reciente del 2,9% registrado en enero.
Hay un matiz que podría aliviar al mercado. Bartash apunta que el cierre parcial del Gobierno estadounidense del pasado otoño pudo distorsionar algunas mediciones recientes, especialmente en servicios y vivienda. Solo ahora las estadísticas oficiales estarían recuperando una lectura más precisa de alquileres y costes de propiedad.
Eso abre la puerta a que el IPC de mayo salga algo por debajo de lo esperado. Si ocurriera, sería recibido como un alivio por unos inversores especialmente nerviosos ante la posibilidad de una Fed más agresiva.
En definitiva, la inflación vuelve a situar a la Fed en el centro del mercado. Un dato en línea o algo inferior a lo previsto podría dar aire a bonos y bolsas. Pero una sorpresa al alza, especialmente en la inflación subyacente, reforzaría el temor a tipos más altos durante más tiempo y volvería a presionar a los activos de mayor duración, con la tecnología como principal punto vulnerable.