El deterioro de las relaciones entre Europa y Estados Unidos ha reabierto el debate sobre hasta qué punto la Unión Europea podría utilizar su peso económico para presionar a Washington. Partiendo de este contexto, nosotros creemos que Europa dispone de herramientas capaces de incomodar al Tesoro estadounidense y a los mercados de renta variable, pero que su uso sería, en la práctica, un último recurso debido al daño colateral que provocaría en el propio bloque europeo.
El expresidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, ha llegado a afirmar que las relaciones transatlánticas se encuentran en su peor momento desde la creación de la OTAN. Las declaraciones recientes de Donald Trump, acusando a Europa de haber sido “creada para perjudicar a Estados Unidos” y minimizando la importancia de los aliados de la OTAN, se suman a los aranceles del 15 % aplicados a productos europeos y al renovado interés por Groenlandia. Este entorno alimenta la búsqueda de posibles respuestas por parte de Bruselas.
Según el análisis original, este clima de desconfianza ha hecho que cobren relevancia dos grandes vías de presión teórica sobre EE. UU.: el uso del llamado “bazuca comercial” y la posible venta de activos estadounidenses en manos europeas. Ambas opciones, sin embargo, son complejas y arriesgadas para la propia UE.
La primera herramienta es el Instrumento Anticoerción, diseñado para responder a presiones económicas externas. En su versión más agresiva, permitiría limitar de forma notable el acceso de empresas estadounidenses al mercado de 450 millones de consumidores de la UE. En teoría, esto podría costar miles de millones a las multinacionales de EE. UU. y trasladarse a caídas en el S&P 500, repuntes en la rentabilidad de los Treasureis, presión sobre el dólar y mayor atractivo del oro.
Ahora bien, su activación no es ni rápida ni sencilla. El proceso podría alargarse hasta seis meses, lo que lo convierte en una herramienta de disuasión estratégica más que en un gatillo inmediato. Además, cualquier movimiento contundente sería casi seguro contestado por Washington, por ejemplo limitando exportaciones de GNL hacia Europa, algo que podría reavivar tensiones energéticas y golpear la industria europea.
En otras palabras, el “bazuca comercial” es un recordatorio de que la UE tiene opciones sobre la mesa, pero también de que existe una fuerte interdependencia económica. Disparar ese bazuca podría terminar hiriendo a ambas partes en un momento en que la economía europea tampoco está sobrada de márgenes.
La segunda vía teórica sería una venta masiva de activos estadounidenses en manos europeas: bonos del Tesoro, deuda corporativa y acciones. Una ofensiva coordinada podría, en teoría, elevar los costes de financiación de EE. UU., generar caídas adicionales en los mercados y forzar más volatilidad del dólar, con un posible impulso al EUR/USD.
El problema es que la mayor parte de estos activos está en manos privadas. Forzar ventas mediante controles de capital o restricciones regulatorias dañaría seriamente a los propios inversores europeos y pondría en cuestión la seguridad jurídica del bloque. Al final, sería un movimiento que erosionaría la confianza en la UE tanto como en Estados Unidos.
En conjunto, Europa tiene capacidad para influir en la deuda y en los mercados de EE. UU., pero usarla de forma frontal sería extremadamente costoso. Por eso, es razonable pensar que Bruselas agotará primero la vía diplomática y solo contemplará acciones de este calibre si la confrontación se vuelve insostenible.
Al mismo tiempo, puede que ni siquiera sea necesario un choque directo. Un deterioro gradual de las relaciones, sumado a la tendencia de algunos países a diversificar fuera del dólar, podría llevar a los mercados a reaccionar por sí solos: mayores primas de riesgo, más volatilidad en el billete verde y presión sobre la Casa Blanca para redefinir su estrategia. Como sugiere el análisis original, el mercado podría terminar forzando otro giro político sin que Europa tenga que apretar ningún gatillo.