2025 no fue un año aburrido. Fue un año extraño, tenso y lleno de señales contradictorias. Entre aranceles, ruido político, cadenas de suministro que volvieron a apretar y precios que se resistieron a bajar, el consumidor terminó el año con una sensación clara: la economía puede no estar en recesión, pero el bolsillo sí vive como si lo estuviera.
El arranque del año estuvo marcado por movimientos bruscos en los mercados tras la llegada de una nueva Administración a la Casa Blanca y la reaparición de la política comercial como factor de choque. Hubo momentos de ventas intensas y compras igual de rápidas, mientras el encarecimiento de bienes esenciales —desde comida hasta coches— se filtraba a la vida diaria.
El cierre del año trajo otro tipo de ritmo: la Reserva Federal encadenó recortes de tipos, con el empleo como preocupación principal. Aun así, para muchas empresas el entorno siguió siendo incómodo. Con financiación cara, incertidumbre elevada y criterios crediticios más estrictos, no hubo prisa por endeudarse ni por ampliar plantillas. Y cuando la contratación se enfría, el consumidor lo nota antes o después.
Kathleen Vohs, psicóloga del consumo y profesora de la Universidad de Minnesota, sostiene que 2026 puede parecerse demasiado a los peores momentos de 2025. Según su lectura, muchas compañías que intentaron absorber parte del impacto de los aranceles acabarán concluyendo que no es sostenible mantener esa estrategia durante mucho tiempo.
Traducción al día a día: el dolor no siempre llega como un golpe; a veces llega como una factura que sube, un sueldo que no acompaña y una deuda que se alarga.
2025 fue un año de enigmas. El PIB se contrajo en el primer trimestre, pero repuntó con fuerza más adelante gracias al consumo, las exportaciones y el gasto público. Pese al ruido de “recesión inminente” que sonó durante meses, la recesión nunca llegó a consolidarse. Y, sin embargo, millones de hogares vivieron una versión doméstica de ese concepto: precios altos, tipos altos, y la sensación de que el margen se estrecha.
La inflación moderó su ritmo, sí, pero el acumulado pesa: los precios han subido de forma notable en los últimos años. Y ahí aparece el factor que puede hacer más daño en 2026: un crecimiento salarial más lento. Si el salario deja de tirar, la “asequibilidad” se rompe sin necesidad de una crisis oficial.
Hay tres frentes que siguen generando presión constante. El primero es el transporte: los precios de los vehículos se han mantenido en niveles muy altos y muchos compradores terminan recurriendo a préstamos más largos y más caros. El segundo es la vivienda, con hipotecas todavía por encima del 6%, una oferta limitada y un mercado que se resiste a abaratarse. El tercero es la alimentación, donde cualquier repunte de costes —energía, logística o importaciones— se nota de inmediato en la cesta.
En paralelo, el consumidor intenta ajustar el gasto discrecional, pero a menudo lo hace tirando de ahorros o aumentando el uso de tarjetas de crédito. La presión no siempre se ve, pero se acumula.
Un matiz importante: el sentimiento y el gasto no siempre se mueven en la misma dirección. Desde la psicología del consumidor, cuando la gente se siente peor es común que busque pequeñas recompensas: viajes, ocio, comida, compras. El llamado “efecto pintalabios” se ha extendido a muchos ámbitos: caprichos pequeños en tiempos de incertidumbre.
Y aunque haya intención de recortar, existen factores estructurales que seguirán pesando en 2026, como el elevado coste de la sanidad y la educación, además de la deuda acumulada. En resumen: puede que no haya un colapso visible, pero sí una continuidad del desgaste.
Conclusión: 2026 puede no ser el año de un gran golpe, pero sí el de un sufrimiento más callado: precios que siguen altos, salarios que pierden fuerza, y hogares que compensan con deuda. La economía puede aguantar; el margen del consumidor, menos.