La caída del yen japonés a nuevos mínimos de cuatro décadas vuelve a poner bajo presión a las autoridades de Tokio, después de que Japón gastara una cifra récord de 11,7 billones de yenes, unos 73.500 millones de dólares, en abril y mayo para intentar sostener su divisa.
El yen llegó a debilitarse hasta los 162,83 yenes por dólar, su nivel más bajo en 40 años, lo que ha reactivado la especulación sobre una posible nueva intervención en el mercado de divisas.
El principal obstáculo para Tokio es que la intervención cambiaria por sí sola difícilmente puede revertir la tendencia mientras los tipos de interés en Estados Unidos sigan muy por encima de los de Japón.
El Banco de Japón ha subido los tipos hasta el 1%, un paso relevante dentro de su salida de la política ultralaxa, pero el diferencial con EEUU continúa siendo amplio. Esto mantiene vivo el atractivo del carry trade: pedir prestado barato en yenes e invertir en activos denominados en dólares con mayor rentabilidad.
La intervención puede frenar la caída del yen, pero no cambia la aritmética básica: mientras el dólar pague mucho más que el yen, la presión sobre la divisa japonesa seguirá.
Algunos analistas consideran que el mercado está vigilando la zona de 162-163 yenes por dólar como posible umbral de intervención. Otros sitúan el nivel crítico más cerca de los 164-165.
Sin embargo, existe consenso en que una intervención unilateral de Japón tendría una efectividad limitada si el dólar continúa fuerte de forma generalizada. Para que el impacto fuera más contundente, los expertos consideran que sería necesaria una acción coordinada entre Japón y Estados Unidos.
La presión actual parece responder más a la fortaleza del dólar que a una pérdida generalizada de confianza en la divisa japonesa. De hecho, el cruce euro-yen se ha mantenido mucho más estable que el dólar-yen.
La debilidad del yen no es totalmente negativa para Japón. Una divisa más barata aumenta el valor de los beneficios generados en el exterior y favorece a los grandes exportadores, lo que ayuda a explicar la resistencia reciente de la bolsa japonesa.
No obstante, los costes internos son cada vez más visibles. Un yen débil encarece las importaciones, presiona los precios de la energía y los alimentos, reduce el poder adquisitivo de los hogares y puede alimentar nuevas expectativas de inflación.
Esto deja al Gobierno japonés en una posición delicada: quiere una moneda más fuerte para aliviar la presión sobre los consumidores, pero sin asumir plenamente el coste de una política monetaria mucho más restrictiva.
El mensaje para los inversores es claro: mientras la Fed mantenga una política restrictiva durante más tiempo y el Banco de Japón avance con cautela, el yen seguirá vulnerable. Las intervenciones pueden provocar rebotes puntuales, pero difícilmente cambiarán la tendencia si no van acompañadas de un estrechamiento real del diferencial de tipos.
Por tanto, la verdadera batalla del yen no está solo en Tokio, sino en Washington. La evolución de la Reserva Federal, el dólar y las expectativas de tipos en EEUU serán determinantes para saber si la divisa japonesa puede estabilizarse o si volverá a poner a prueba la paciencia de las autoridades japonesas.