La minería de bitcoin atraviesa uno de sus momentos más incómodos en años. La lógica del negocio es sencilla: producir una moneda solo tiene sentido si luego puede venderse por encima de su coste. El problema es que, para muchos operadores, esa ecuación ya no sale. En estos momentos, minar un bitcoin cuesta más de lo que el mercado está dispuesto a pagar por él, y eso está obligando a una parte del sector a recortar actividad, vender activos e incluso buscar una salida en el negocio de la inteligencia artificial.
La comparación puede parecer extraña, pero ilustra bien el problema: igual que el Gobierno de Estados Unidos terminó retirando el penique porque era demasiado caro fabricarlo, muchos mineros de bitcoin se enfrentan ahora a una amenaza parecida. No porque el activo vaya a desaparecer, sino porque una parte de quienes lo producen está dejando de hacerlo de forma rentable.
Según los datos citados en el análisis original, el coste medio ponderado de producir un bitcoin se situaba a finales del año pasado en torno a los 79.995 dólares. El problema es que desde comienzos de febrero el precio de mercado ha estado por debajo de ese nivel durante buena parte del tiempo. Con el bitcoin cotizando alrededor de los 70.000 dólares, la presión sobre el negocio se ha vuelto evidente.
La consecuencia es directa: los márgenes desaparecen con rapidez. Y cuando eso ocurre en una actividad tan intensiva en energía y tan sensible al precio del activo, muchos operadores no tienen margen para aguantar demasiado tiempo sin ajustar costes o reducir actividad.
Cuando producir deja de ser rentable, los mineros suelen reaccionar de varias formas. Algunos apagan parte de sus máquinas, sobre todo las menos eficientes. Otros solo operan en las horas en que la electricidad es más barata. Y muchos se ven forzados a vender más bitcoins de los que les gustaría para generar liquidez y sostener el negocio.
Esa venta adicional añade presión sobre una criptomoneda que ya venía dañada. El bitcoin entró en mercado bajista en noviembre de 2025 y ha llegado a caer alrededor de un 44% desde su máximo superior a 126.000 dólares marcado en octubre del año pasado. Es decir, la debilidad del precio está golpeando a los mineros, y la presión financiera de los mineros puede a su vez seguir castigando al precio.
Eso sí, no todos los operadores están igual de expuestos. La diferencia está en la eficiencia de las máquinas, en el coste de la electricidad y en la ubicación. Los equipos más antiguos son los que antes dejan de ser rentables, mientras que los más modernos aguantan más tiempo porque necesitan menos energía para generar la misma potencia de cálculo.
También influye mucho el mercado eléctrico local. En países como Estados Unidos, el precio de la energía puede variar bastante según la región y la hora del día. Por eso algunos operadores ya están aplicando una lógica casi industrial: desconectan equipos en las horas punta y los reactivan cuando el coste energético baja.
Ante este deterioro, varias compañías del sector están buscando una salida en la infraestructura de inteligencia artificial y en la computación de alto rendimiento. La lógica tiene sentido: los mineros ya cuentan con activos valiosos como energía contratada, terreno, centros de datos y capacidad operativa, y parte de esa infraestructura puede reutilizarse para dar servicio a cargas vinculadas a IA.
Eso está difuminando además la lectura tradicional de los costes. En algunos casos, los gastos reportados ya no reflejan solo minería de bitcoin, sino también inversiones o actividad orientada a IA. Es uno de los motivos por los que ciertas cifras aparentan ser extremas. En realidad, detrás no siempre hay un coste puro de minado, sino un modelo híbrido en transición.
Con los resultados del primer trimestre previstos para mayo, los inversores tendrán una imagen más clara de qué compañías pueden soportar este entorno y cuáles no. Esa será probablemente la gran división del sector durante los próximos meses: por un lado, mineros con costes más bajos, equipos más eficientes y capacidad para reconvertirse; por otro, operadores atrapados entre energía cara, bitcoin barato y balances más débiles.
En definitiva, el problema no es que la minería de bitcoin vaya a desaparecer. El problema es que la rentabilidad ya no está garantizada ni siquiera para muchos actores consolidados. Y cuando una industria intensiva en capital pierde el colchón del precio, la selección natural del mercado se acelera mucho.