El llamado “TACO trade” se ha convertido en una de las narrativas más repetidas del mercado desde el “Liberation Day”. La idea es conocida: Trump lanza una amenaza agresiva en materia comercial o geopolítica, el mercado corrige con fuerza y, después, cuando el tono se modera o aparece una tregua, los inversores compran la caída. Ese patrón ha tenido recorrido durante el último año, aunque su eficacia ya no parece tan limpia como al principio.
La operativa tomó forma tras el desplome del S&P 500 provocado por los anuncios arancelarios de abril de 2025. Después de una caída superior al 12%, el índice rebotó con violencia cuando Trump anunció una pausa de 90 días en buena parte de sus medidas recíprocas. Aquello dejó una huella clara en el mercado: quien se quedó fuera del rebote perdió un movimiento muy rápido, y esa memoria ha pesado desde entonces en cada episodio similar.
La pauta volvió a repetirse con China. Tras nuevas tensiones arancelarias, las señales de desescalada desde el Tesoro estadounidense sirvieron para impulsar otra recuperación bursátil. Más tarde, ocurrió algo parecido con la amenaza de imponer aranceles a países que se opusieran a la venta de Groenlandia a Estados Unidos. El mercado cayó con fuerza al principio y rebotó poco después, una vez que Trump dio marcha atrás.
Ese encadenamiento de episodios consolidó la percepción de que el mercado podía comprar caídas cada vez que la Casa Blanca tensaba la cuerda en exceso. Fue un patrón rentable, pero también cada vez más conocido y, por tanto, más vulnerable a fallar.
La guerra con Irán ha puesto a prueba esa lógica. El S&P 500 cayó con claridad desde el inicio del conflicto y reaccionó positivamente cuando Trump anunció pausas temporales en algunos ataques. Pero la respuesta del mercado ya fue menos contundente y más irregular. La razón es evidente: esta vez el desenlace no depende solo de una rectificación política interna, sino también de la respuesta de Irán y de una dinámica bélica mucho más difícil de controlar.
El “TACO trade” no ha desaparecido, pero su comportamiento se ha vuelto más ambiguo. Parte del mercado sigue comprando retrocesos, aunque otras referencias apuntan a una menor participación minorista en las últimas semanas. Eso encaja con una idea importante: la estrategia sigue presente en la mente del inversor, pero ya no ofrece la misma claridad que en sus primeras fases. Y cuando una operativa deja de ser evidente, también deja de ser tan cómoda.