Según explica Michael Santoli en el medio original, cuando se trata de anticipar el mercado a un año vista, la balanza de probabilidades suele inclinarse hacia los alcistas. El S&P 500 ha cerrado en positivo en aproximadamente tres cuartas partes de los años desde que se calcula en su forma moderna, y la combinación de tendencia vigente, expectativas de beneficios y una Reserva Federal con margen para recortar mantiene vivo el guion optimista para 2026.
En ese sentido, no sorprende que buena parte de los estrategas estén proyectando otro ejercicio con avances que rondan el 10% o más. Además, el comportamiento reciente no ha enfriado el ánimo: el índice ha pasado dos meses en un movimiento lateral relativamente estrecho cerca de máximos, lo que habría servido para “reordenar” el mercado, rebajando excesos especulativos y dejando respirar a algunas valoraciones.
El artículo destaca que el mercado ha logrado una especie de ajuste fino sin caer con fuerza: se ha enfriado el entusiasmo más agresivo alrededor de algunas apuestas de IA, se ha reducido parte del comportamiento especulativo y los múltiplos han bajado algo en ciertos segmentos, como el Nasdaq 100. Esto, en teoría, haría más cómodo mantener una visión constructiva.
Pero la otra cara es la complacencia. FactSet recoge que un porcentaje muy elevado de las recomendaciones de analistas sobre acciones del S&P 500 son de compra, un nivel comparable a los máximos vistos en etapas previas donde el mercado acabó girando. Y Bespoke Investment Group recuerda que la rentabilidad acumulada del S&P 500 en tres años se sitúa en la parte alta del histórico, lo que no impide más subidas, pero sí suele ir asociado a retornos futuros más moderados que la media.
El texto plantea tres grandes cuestiones que pueden marcar el próximo año, más allá del ruido diario.
1) ¿De verdad interesa un mercado más “amplio” si eso implica que las mega caps aflojen?
Durante años, el debate ha girado alrededor del peso de las grandes tecnológicas y la sensación de que el índice depende demasiado de un grupo reducido. Santoli matiza que no es literalmente “solo un puñado”, ya que el S&P 500 equiponderado también suma avances. Aun así, la brecha de comportamiento frente al índice tradicional refleja el riesgo de tener poca exposición a los grandes pesos.
Aun con mayor participación de bancos, cíclicas y otros sectores, el artículo subraya una idea: un mercado donde el bloque de grandes líderes tecnológicos —el núcleo del relato de IA— quedara claramente rezagado podría resultar menos fiable. Lo ideal sería una rotación saludable, con descansos puntuales en los líderes sin que el mercado se rompa.
2) ¿Habrá capital suficiente para absorber la oferta de nuevas emisiones?
El artículo pone el foco en el apetito por nuevas rondas y posibles salidas a bolsa de gigantes tecnológicos (y la acumulación de ofertas que esperan “ventana”). En un bull market maduro, un mercado de IPO activo es una señal de fortaleza… hasta cierto punto. Si la oferta de papel aumenta demasiado —y si las recompras pierden fuerza por el gasto en capex— la relación oferta/demanda puede volverse menos favorable.
3) ¿Importará la debilidad de las criptomonedas para la renta variable?
Santoli plantea que el bitcoin no ha recuperado con contundencia máximos recientes y, pese a ello, el Nasdaq se ha mantenido fuerte. Si esa “desconexión” es real y sostenible, podría interpretarse como algo positivo. Pero también abre dudas sobre el apetito especulativo del inversor minorista, históricamente muy ligado a cripto, y sobre si bitcoin sigue siendo un barómetro de riesgo en la frontera tecnológica.