Con la llegada del final de año, Wall Street vuelve a su ejercicio favorito: anticipar rentabilidades para el ejercicio siguiente. Lance Roberts, en un análisis centrado en valoraciones, recuerda que estas previsiones rara vez contemplan escenarios negativos. No es casualidad. Reconocer la posibilidad de un mal año no encaja bien con un modelo de negocio basado en vender optimismo y productos financieros.
La historia reciente refuerza este escepticismo. A finales de 2021, grandes bancos de inversión anticipaban un 2022 claramente alcista para el S&P 500. El resultado fue muy distinto. En 2022 ocurrió algo similar con las previsiones para 2023, y así sucesivamente. De hecho, entrando en 2025, el consenso de Wall Street apenas esperaba una subida media del 8,2%, con el escenario más optimista rondando el 15%. Sin embargo, el mercado vuelve a cerrar cerca del 20%, encadenando tres años consecutivos de rentabilidades excepcionales.
De cara a 2026, el patrón se repite. El objetivo medio sitúa al S&P 500 en torno a los 7.500 puntos, lo que implicaría una subida cercana al 9%. Deutsche Bank eleva el listón hasta el 15%, mientras que Bank of America se mueve en un modesto 4%. Llama la atención que ninguna gran firma contemple un escenario negativo, pese al punto de partida exigente.
El mercado se encamina a cerrar el año por encima de los 6.800 puntos, con una revalorización cercana al 17%, impulsada por el entusiasmo en torno a la inteligencia artificial, una inflación más contenida y las expectativas de recortes de tipos por parte de la Reserva Federal. Sin embargo, Roberts advierte de que el escenario para 2026 es mucho más frágil de lo que sugieren los titulares.
Las valoraciones están en niveles extremos: PER de 26 veces beneficios, CAPE de Shiller cercano a 39 y PER adelantado para 2026 en torno a 23.
Según explica Roberts, a estos niveles no hace falta una crisis para provocar caídas. Basta con que los resultados empresariales decepcionen o que la Fed no recorte tipos al ritmo que el mercado descuenta. El verdadero riesgo no es una recesión, sino cualquier escenario que sea simplemente “menos que perfecto”.
Para ilustrarlo, el autor plantea varios escenarios a partir de unas estimaciones de beneficios para 2026 cercanas a los 282 dólares por acción. Si los múltiplos se expanden hasta 29 veces, el S&P 500 podría acercarse a los 8.200 puntos. Si se mantienen estables, el avance se limitaría a un 6%. Pero una desaceleración económica que lleve a una contracción de múltiplos hacia niveles históricos podría provocar caídas de doble dígito, y una recesión suave implicaría descensos cercanos al 25%.
Roberts subraya varios riesgos clave: una economía creciendo en torno al 2% pero con señales de fatiga, un consumidor presionado por el aumento de la deuda, expectativas de beneficios demasiado optimistas y un mercado liderado por un grupo muy reducido de valores. Además, buena parte de los recortes de tipos ya están descontados, lo que limita el apoyo adicional de la política monetaria.
La conclusión es clara: 2026 no es un año para asumir riesgos excesivos. Con valoraciones tan exigentes, la disciplina, la diversificación y el respeto por las matemáticas de los múltiplos serán más importantes que nunca para proteger el capital.