Puntos clave
En medio de la fuerte volatilidad que vive el sector tecnológico, con el software bajo presión y la inteligencia artificial en el centro del debate, una de las voces más reconocidas del mundo de las ventas en corto lanza un mensaje claro: todavía no es el momento de apostar contra las acciones de IA.
La razón no es que no existan riesgos ni posibles excesos. El verdadero problema, según esta visión, es el timing. En mercados dominados por el impulso, donde muchas acciones se comportan como valores puramente tendenciales, ponerse corto demasiado pronto puede resultar devastador, incluso aunque el análisis fundamental acabe siendo correcto.
El patrón histórico que se repite en todas las grandes burbujas es similar. Primero, unos pocos líderes claros atraen capital de forma masiva. Después, aparecen los aspirantes, las salidas a bolsa y las estructuras creadas para aprovechar la moda. Es ahí, cuando la oferta de nuevas compañías supera a la demanda de capital, cuando el mercado empieza a girarse de verdad.
Hasta que ese momento no llega, apostar en contra suele ser una estrategia de alto riesgo. Ya ocurrió en otras épocas: cuando demasiadas empresas intentaron financiarse al mismo tiempo con la misma narrativa, el ajuste fue rápido y profundo. Antes de eso, el mercado ignoró sistemáticamente los riesgos.
En el caso actual de la inteligencia artificial, ese punto de saturación aún no se ha alcanzado. El capital sigue fluyendo hacia distintas capas del ecosistema: software, infraestructura, semiconductores, memoria y almacenamiento. Esta dispersión del dinero hace que el movimiento sea más resistente de lo que muchos esperan.
Otro aspecto relevante es que, en este punto del ciclo, los fundamentales han pasado a un segundo plano. Cuestiones como el retorno real del capital invertido por los grandes actores o la rentabilidad final de los modelos de negocio no están siendo determinantes para el precio a corto plazo. Lo que manda es la narrativa y el flujo de capital.
Esto explica por qué intentos previos de posicionarse en corto contra algunas compañías de crecimiento no funcionaron. El mercado simplemente no estaba dispuesto a escuchar argumentos de riesgo mientras el entusiasmo seguía intacto. La lección es clara: tener razón demasiado pronto equivale, en la práctica, a estar equivocado.
Incluso las rotaciones internas del mercado —como el castigo reciente al software o la volatilidad en semiconductores— pueden interpretarse como señales tempranas, pero no definitivas, de un cambio de fase. Son avisos, no aún el punto de inflexión.
La señal que realmente marcará el inicio de un entorno más peligroso para la IA no vendrá de una corrección puntual, sino de un exceso de oferta: demasiadas compañías saliendo a bolsa, demasiados proyectos buscando financiación y un capital que ya no es suficiente para sostener todas las expectativas creadas.
Hasta que eso ocurra, el sector puede seguir mostrando movimientos violentos, tanto al alza como a la baja, pero con una tendencia de fondo todavía difícil de romper. Para el inversor, esto refuerza la idea de que la prudencia no pasa tanto por ponerse corto, sino por gestionar bien el tamaño de las posiciones y distinguir entre líderes reales y aspirantes.
En definitiva, incluso desde la óptica más crítica, la conclusión es clara: apostar contra la inteligencia artificial antes de tiempo suele ser una estrategia perdedora. El ajuste llegará, como siempre, pero primero hará falta que el mercado se quede sin compradores dispuestos a financiar la siguiente ola de promesas.