Las primeras impresiones engañan. Y en bolsa, todavía más.
Con el inicio de 2026, vuelve el ritual de siempre: si el mercado arranca fuerte, aparecerán titulares diciendo que “el año está hecho”; si arranca flojo, se hablará de que “vienen los osos”. Según explica Mark Hulbert, esa lectura es más narrativa que realidad estadística.
No está del todo claro cuándo empezó Wall Street a obsesionarse con el poder predictivo de las primeras sesiones del año, pero la idea viene de lejos. Al menos desde los años 70, cuando se popularizaron expresiones que vinculaban el comportamiento del mercado entre Navidad y los primeros días de enero con el tono del resto del ejercicio.
Con el paso del tiempo, esa “tradición” se ha multiplicado en versiones: algunos miran solo el primer día, otros los dos primeros, otros la primera semana, y otros extienden la tesis a todo enero con el llamado “barómetro de enero”. La promesa siempre es la misma: que el arranque del año anticipa el final.
Hulbert revisa la evidencia histórica y llega a una conclusión incómoda para los amantes de los eslóganes: ninguno de estos “patrones de primera impresión” cumple criterios tradicionales de significación estadística.
En otras palabras, da prácticamente igual si el mercado sube o baja en el primer día, en los dos primeros, en la primera semana o incluso durante todo enero. Las probabilidades de que el mercado termine el año en positivo se mantienen muy similares.
El mensaje final es simple y muy poco glamuroso: históricamente, el mercado tiende a subir en torno a dos de cada tres años. Y esas probabilidades no cambian de forma significativa por cómo se comporte en las primeras sesiones de enero.
Por eso, convertir los primeros días del año en una “señal” puede ser más una excusa para contar una historia que una herramienta útil para tomar decisiones. Si algo puede marcar 2026, no será un indicador estacional, sino los fundamentales: beneficios, tipos, crecimiento y la capacidad de las compañías para justificar valoraciones.