La inteligencia artificial está entrando en una fase en la que la limitación ya no son los algoritmos ni los datos, sino algo mucho más tangible: potencia eléctrica, GPU y tiempo de construcción de centros de datos. La demanda de cómputo crece de forma explosiva mientras la infraestructura tarda años en ampliarse. Esa brecha temporal genera una dislocación que, bien gestionada, puede convertirse en una fuente muy interesante de rentabilidad para el inversor sofisticado.
Las cargas de trabajo de IA pueden acercarse en pocos años a consumos eléctricos equivalentes a los de países enteros. Al mismo tiempo, la construcción de nuevos centros de datos y refuerzos de red eléctrica requiere plazos de entre 3 y 6 años, una eternidad en términos de mercado. La consecuencia es clara: las grandes plataformas no pueden levantar capacidad al ritmo al que crece la demanda, y se forma un cuello de botella estructural de cómputo.
Esta restricción no es teórica: se traduce en energía comprometida a largo plazo, proyectos que se retrasan por permisos y redes saturadas en los principales nodos de datos. Mientras tanto, la demanda de entrenamiento e inferencia de modelos sigue acelerándose, especialmente desde startups y empresas que no pueden pagar los precios de la nube de hiperescala.
La tesis que trabajamos en nuestro enfoque premium no es “comprar todo lo que huela a IA”, sino aprovechar la ventana de escasez entre la demanda de cómputo y la capacidad disponible. Históricamente, cuando un recurso crítico se queda corto, surgen mercados paralelos y modelos alternativos que monetizan esa dislocación durante unos años.
En este caso, el recurso escaso es la computación GPU. Al calor de esta escasez están creciendo redes y estructuras que agrupan capacidad ociosa (excedentes corporativos, clústeres infrautilizados, recursos distribuidos) y la revenden a precios más ajustados que los grandes centros de datos centralizados. Es un arbitraje entre quienes no pueden pagar la nube tradicional y quienes pueden aportar cómputo sobrante a cambio de una remuneración.
Lo relevante es que estas soluciones pueden escalar nodo a nodo, sin necesidad de invertir miles de millones en infraestructura física. Mientras los grandes actores esperan 18–36 meses para inaugurar un nuevo centro de datos, estas redes pueden añadir capacidad casi en tiempo real. Esa diferencia de velocidad es el corazón de la oportunidad.
El periodo clave que manejamos se concentra, grosso modo, entre 2026 y 2028. Es cuando la restricción de infraestructura será más evidente y la demanda de IA seguirá empujando. A partir de ahí, el arbitraje se irá estrechando conforme entren en funcionamiento nuevos centros de datos y refuerzos de red. La historia no desaparece, pero pasa de ser un juego de crecimiento explosivo a una alternativa estructural más.
Por eso creemos que no tiene sentido plantearlo como una apuesta binaria de “todo o nada”, sino como una operación de ventana definida: entrar gradualmente cuando la escasez se convierte en consenso, acompañar la fase de máximo crecimiento y empezar a reducir exposición cuando los anuncios de nueva capacidad vayan cerrando la dislocación.
Desde nuestra perspectiva, esta no es una historia de “creemos en la IA porque sí”, sino de leer bien dónde está la escasez real y cómo monetizarla con un horizonte de 24–36 meses. La infraestructura tardará años en ponerse al día; la ventana de arbitraje, no. Nuestro trabajo en el servicio premium consiste en identificar los vehículos adecuados, dimensionar el riesgo y marcar un calendario de entrada y salida antes de que el mercado se normalice.
La pregunta no es si la IA va a seguir creciendo, sino quién gana realmente con el cuello de botella actual y quién llega tarde cuando la capacidad ya esté construida. Ahí es donde, a nuestro juicio, se jugará una parte importante del alpha en los próximos años.
Fuente: Propia - Jurica Dujmovic de MW.