La guerra en Oriente Medio supera ya los 100 días y continúa siendo uno de los grandes factores de inestabilidad para los mercados globales. Aunque el alto el fuego parcial ha permitido mantener abiertas las vías diplomáticas, las negociaciones entre Estados Unidos e Irán siguen estancadas y los episodios de tensión militar no han desaparecido.
Según CNBC, el conflicto ha dejado de ser solo un riesgo geopolítico para convertirse en una variable económica de primer orden. Su impacto se está notando en el petróleo, en los bonos, en la inflación y en el comportamiento relativo de las bolsas internacionales.
Tras los primeros ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, las bolsas mundiales sufrieron caídas generalizadas. Sin embargo, Wall Street ha conseguido borrar buena parte del impacto inicial. El S&P 500 incluso ha marcado nuevos máximos históricos pese a la continuidad del conflicto.
La explicación está en la fuerte concentración del mercado estadounidense en compañías ligadas a la inteligencia artificial, los semiconductores y la infraestructura de centros de datos. La expectativa de una nueva ola de crecimiento impulsada por la IA ha compensado, al menos por ahora, el temor a un escenario de energía más cara e inflación más persistente.
El comportamiento no ha sido igual en todas las regiones. Europa se ha mostrado más vulnerable porque depende más de la energía importada y sufre con mayor intensidad el encarecimiento de los costes energéticos. Estados Unidos, en cambio, parte de una posición más cómoda por su mayor autosuficiencia petrolera.
El mercado estadounidense ha decidido, por ahora, mirar más al potencial de la inteligencia artificial que al coste económico de la guerra. Esa apuesta funciona mientras los beneficios tecnológicos sigan compensando el deterioro macro.
El mercado de bonos está enviando una señal menos complaciente que la bolsa. Desde el inicio de la guerra, las rentabilidades de la deuda pública se han mantenido elevadas, reflejando el temor a una inflación más persistente y a una política monetaria más dura durante más tiempo.
Los inversores han descontado que un conflicto prolongado puede provocar una combinación incómoda: mayores costes energéticos, menor crecimiento y presión adicional sobre las cadenas de suministro. Ese escenario obliga a los bancos centrales a ser más prudentes y reduce el margen para bajar tipos.
El riesgo no está solo en que los rendimientos alcancen nuevos máximos puntuales. Lo importante es cuánto tiempo permanecen elevados. Si los tipos de mercado siguen altos durante meses, el coste de financiación aumenta, la valoración de las bolsas se vuelve más exigente y los activos de crecimiento pierden parte de su atractivo.
El cierre efectivo del estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más importantes del mundo, ha provocado fuertes movimientos en el mercado del crudo. Aunque los precios se han alejado de los máximos alcanzados durante la guerra, siguen claramente por encima de los niveles previos al conflicto.
El Brent cotiza aproximadamente un 36% por encima de su precio anterior a la guerra, mientras que el West Texas estadounidense mantiene una subida cercana al 50%. La presión viene tanto del bloqueo de rutas como de los daños y cierres en instalaciones energéticas clave de Oriente Medio.
Hasta ahora, varios factores han limitado una subida aún mayor: liberación de reservas estratégicas, aumento de exportaciones de crudo estadounidense, rutas alternativas, menor demanda china y cierta destrucción de demanda. Pero el margen se estrecha. Si los inventarios siguen cayendo durante junio, el mercado podría volver a tensionarse con rapidez.
La reapertura del estrecho de Ormuz sería clave para aliviar la presión sobre el petróleo y, por extensión, sobre la inflación. Si no se produce, el riesgo de volver a ver el crudo por encima de 100 dólares aumentará de forma significativa.
El impacto económico de la guerra empieza a aparecer con más claridad en los datos de inflación. La subida del petróleo, el gas, el combustible aéreo y la gasolina está presionando los precios en varias grandes economías.
En Estados Unidos, el IPC alcanzó en abril una tasa anual del 3,8%, su nivel más alto en casi tres años. Este repunte complica el trabajo de la Reserva Federal, que debe decidir si prioriza el control de precios o si evita endurecer demasiado las condiciones financieras en un momento de incertidumbre geopolítica.
Algunos gobiernos han intentado amortiguar el golpe con intervenciones puntuales, pero esas medidas no eliminan el problema de fondo: si la energía sigue cara, la inflación será más difícil de reconducir y los bancos centrales tendrán menos margen para relajar su política monetaria.
Una de las grandes preguntas es si los inversores se han acostumbrado demasiado rápido al conflicto. Las bolsas, especialmente en Estados Unidos, han mostrado una notable capacidad para ignorar la guerra mientras la narrativa de la IA siga liderando el mercado.
Pero esa tranquilidad tiene límites. Si el conflicto se enquista, si el petróleo vuelve a superar los 100 dólares o si la inflación obliga a la Fed a mantener tipos altos durante más tiempo, el mercado tendrá que reajustar expectativas. En ese escenario, los sectores más sensibles a los tipos y las compañías con valoraciones más exigentes podrían sufrir más.
Por ahora, la guerra no ha roto el mercado alcista estadounidense, pero sí ha cambiado el fondo macroeconómico. La combinación de energía cara, bonos tensionados e inflación persistente reduce el margen de error. La IA puede seguir sosteniendo a Wall Street, pero no puede neutralizar indefinidamente un deterioro en petróleo, tipos y expectativas de inflación.