El sentimiento de los gestores se ha deteriorado con claridad, pero todavía no ha cruzado esa línea que históricamente convierte el miedo en una oportunidad de compra casi automática. Esa es la lectura de fondo que deja la última encuesta mensual de Bank of America, elaborada por el equipo de Michael Hartnett, y que refleja un mercado más incómodo, aunque no verdaderamente capitulado.
La encuesta de abril arroja las lecturas más bajistas en casi un año. Sin embargo, según Hartnett, no son lo bastante extremas como para activar la clásica señal de “compra sin pensarlo dos veces”. El motivo es simple: no se ha producido una rendición masiva de los inversores. Siete de cada diez gestores no esperan una recesión y los niveles de liquidez, en el 4,3%, siguen contenidos y lejos de los episodios de auténtico pánico vistos en otros momentos de mercado.
La clave está en que muchos inversores siguen anclados a una idea que ha funcionado una y otra vez en los últimos años: cada sacudida geopolítica acaba dando paso a un rebote rápido. Por eso, aunque el deterioro en expectativas de crecimiento global es notable, la exposición a renta variable no se ha vaciado como cabría esperar en un entorno de cierre de Hormuz, tensión energética e incertidumbre macro.
Uno de los grandes perjudicados del cambio de clima es Europa. Hace apenas un mes, la región mantenía un claro respaldo por parte de los gestores; ahora esa sobreponderación se ha desplomado. El motivo está bastante claro: el mercado percibe que Europa es especialmente vulnerable a una subida de la energía por su fuerte dependencia exterior.
Al mismo tiempo, la encuesta señala dos operaciones cada vez más saturadas: petróleo y semiconductores. Es una señal que conviene vigilar. Cuando demasiados inversores están en el mismo lado del barco, cualquier giro del relato puede provocar movimientos bruscos.