La bolsa estadounidense podría estar convirtiéndose en un activo demasiado importante para que las autoridades permitan un mercado bajista profundo y prolongado. Esa es la tesis que empieza a ganar terreno entre algunos estrategas, ante el enorme peso que las acciones han adquirido en la riqueza, el consumo y la seguridad financiera de los hogares.
La expresión “demasiado grande para caer” se popularizó durante la crisis financiera de 2008 para describir a las entidades bancarias cuya quiebra habría puesto en peligro al conjunto del sistema. Ahora, algunos analistas se preguntan si Wall Street está alcanzando una condición parecida.
Eric Balchunas, estratega sénior de ETF de Bloomberg Intelligence, sostiene que el Gobierno estadounidense podría mostrarse cada vez menos dispuesto a tolerar una caída bursátil prolongada debido a la importancia de las acciones para el ahorro y la jubilación de los ciudadanos.
Alrededor del 55% de los estadounidenses posee acciones, según los datos citados por el estratega. Ese porcentaje podría acercarse al 80% al final de la década si programas públicos como las denominadas “Trump Accounts” consiguen fomentar la inversión desde edades tempranas.
La transformación producida desde la crisis de 2008 es profunda. Las acciones representan actualmente la mayor proporción del patrimonio neto de los hogares estadounidenses, por encima incluso de los bienes inmobiliarios.
La distribución, sin embargo, es muy desigual. Las familias de clase media continúan dependiendo principalmente del valor de su vivienda, mientras que las carteras de los hogares más ricos están dominadas por acciones y participaciones en empresas privadas.
Los datos de la Reserva Federal muestran que, para el 1% de los hogares con mayor patrimonio, los negocios privados representan alrededor del 41% de su riqueza y las acciones otro 32%. En cambio, entre los hogares situados entre los percentiles 25 y 50, el peso de las acciones apenas alcanza el 14%.
El peso de los grandes patrimonios resulta especialmente relevante porque el consumo genera aproximadamente el 70% del PIB estadounidense.
Economistas como Mark Zandi, de Moody’s, han señalado que desde la pandemia los hogares con mayores ingresos explican una parte creciente del gasto, mientras que los consumidores con menos activos pierden capacidad adquisitiva frente a la inflación.
Esta dinámica ha dado lugar a la llamada economía en forma de K: los hogares con activos financieros se benefician de la subida de las bolsas, mientras que los grupos con menor patrimonio afrontan una evolución mucho más débil.
Danielle DiMartino Booth, consejera delegada de QI Research, advierte de que una destrucción importante de riqueza bursátil afectaría especialmente a los hogares de mayores ingresos. Como estos consumidores sostienen una parte desproporcionada del gasto, el daño terminaría trasladándose también a la economía real.
El efecto riqueza ha permitido que el consumo crezca mientras la tasa de ahorro disminuía. Si el patrimonio financiero sufriera una caída prolongada, las familias podrían reducir sus compras y elevar nuevamente el ahorro, debilitando la actividad económica.
La importancia de la bolsa no solo ha aumentado dentro de los balances familiares. También ha alcanzado niveles récord en relación con el tamaño de la economía.
El denominado indicador Buffett, que compara el valor total del mercado bursátil estadounidense con el PIB anual, se sitúa cerca de 2,5 veces, su nivel más elevado de la historia, según datos de Dow Jones Market Data.
Esto significa que el valor de las empresas cotizadas equivale aproximadamente a dos veces y media la producción anual de Estados Unidos.
Una relación tan elevada amplifica el impacto potencial de cualquier corrección. Cuanto mayor es el mercado frente a la economía, mayor es también su capacidad para influir sobre el consumo, la inversión, la confianza y el sistema financiero.
La Reserva Federal ha ampliado considerablemente sus herramientas desde la crisis financiera de 2008. Durante la pandemia facilitó incluso la compra indirecta de ETF de crédito para estabilizar los mercados corporativos.
Steve Sosnick, estratega jefe de Interactive Brokers, recuerda que el objetivo tradicional de la Fed ha sido proteger la estabilidad bancaria y financiera, no sostener las cotizaciones bursátiles. Las medidas que beneficiaron a las acciones fueron, en su opinión, una consecuencia secundaria.
Sin embargo, Balchunas considera que esta distinción puede volverse más difícil conforme aumenta la participación de los hogares en bolsa. Una caída severa del mercado podría amenazar simultáneamente el consumo, las jubilaciones y el funcionamiento del sistema financiero.
Los bancos centrales de Japón y China ya han facilitado en distintos momentos compras de acciones nacionales mediante fondos cotizados. Este precedente alimenta el debate sobre si la Fed podría acabar utilizando instrumentos similares en una situación extrema.
Eric Wallerstein, estratega macro de Clocktower Group y antiguo empleado de la Reserva Federal, se muestra escéptico sobre una intervención directa en bolsa. Aun así, comparte la idea de que el mercado se ha vuelto demasiado importante para la economía estadounidense.
Según Wallerstein, el efecto riqueza es ya un elemento fundamental para explicar los actuales patrones de gasto y ahorro. Sin las ganancias patrimoniales, el consumo sería más débil y la reducción del ahorro no habría alcanzado la misma intensidad.
La Administración estadounidense tiene otro incentivo para proteger determinadas compañías cotizadas: la carrera tecnológica con China.
La inteligencia artificial, los semiconductores y los minerales críticos son considerados cada vez más sectores vinculados a la seguridad nacional. La Casa Blanca ha llegado a tomar participaciones en Intel y en compañías relacionadas con tierras raras para impulsar industrias estratégicas dentro del país.
Esta relación entre el Estado y las empresas tecnológicas podría profundizarse. Según una información citada por MarketWatch, OpenAI habría planteado la posibilidad de entregar una participación del 5% al Gobierno y extender fórmulas similares a otras grandes compañías de inteligencia artificial.
Wallerstein considera que, si una crisis bursátil amenazara seriamente a empresas estratégicas, el Gobierno estadounidense podría intervenir para apoyarlas, posiblemente a cambio de acciones.
La lógica sería distinta a la de un rescate general de Wall Street. El objetivo consistiría en asegurar la supervivencia de compañías cuya tecnología se considera esencial para la competitividad y la seguridad del país.
La creciente centralidad de Wall Street no significa que las correcciones hayan dejado de existir. Las acciones pueden seguir registrando caídas profundas, periodos de volatilidad y ajustes de valoración.
La cuestión es si las autoridades permitirían una contracción prolongada capaz de destruir riqueza durante varios años, reducir el consumo y poner en peligro las pensiones o a empresas estratégicas.
La posibilidad de una intervención pública puede actuar como una especie de seguro implícito para el mercado. Esta percepción refuerza la confianza de los inversores, pero también crea riesgos.
Si los participantes asumen que la Reserva Federal o el Gobierno siempre acudirán al rescate, pueden aceptar valoraciones más elevadas y asumir más riesgo del razonable. Esto aumentaría la dependencia del sistema económico respecto a unos precios bursátiles cada vez más difíciles de justificar mediante los fundamentales.
Wall Street podría estar convirtiéndose en una infraestructura esencial para Estados Unidos. Pero cuanto más difícil resulte permitir su caída, mayor será también el riesgo de que sus excesos sigan acumulándose.